
Hay historias que preferiría no conocer.
No porque debamos ignorarlas, sino porque algunas tragedias contienen un nivel de dolor que debería obligarnos a acercarnos con respeto, no con esa fascinación morbosa que internet suele convertir rápidamente en contenido.
El juicio de Lindsay Clancy es una de ellas.
No voy a detenerme en lo que ocurrió aquella tarde de enero de 2023. Tampoco pretendo determinar desde una columna cuál era su estado mental ni quién tiene razón en un proceso judicial que todavía se desarrolla y en el que especialistas de la defensa y la fiscalía han ofrecido conclusiones diferentes.
Lo que me hizo detenerme fue otra cosa.
Durante el juicio se ha documentado que Clancy buscó repetidamente atención para su salud mental durante los meses anteriores a la tragedia. Hubo consultas, visitas a urgencias y una hospitalización psiquiátrica. Su exsuegra declaró recientemente que la veía “rogando por ayuda”. Al mismo tiempo, los especialistas que la atendieron han declarado que no observaron entonces determinados síntomas que hoy son centrales para la defensa.
Precisamente por esa complejidad sería irresponsable convertir su historia en una sencilla moraleja sobre alguien que “pidió ayuda y nadie la escuchó”. Los hechos que se discuten ante el tribunal son bastante más complicados.
Pero la popularidad extraordinaria del caso sí me dejó pensando en una pregunta mucho más cercana:
¿por qué seguimos tratando la capacidad de soportarlo todo como una virtud?
En el ecosistema emprendedor hemos construido una narrativa particularmente peligrosa alrededor de la resistencia.
Los números cuentan una historia bastante menos romántica.
El estudio sobre salud mental y bienestar de los emprendedores publicado por Endeavor México encontró que los emprendedores presentan más de 50% de probabilidad adicional de padecer ansiedad y depresión. El 24% de los participantes reconoció trabajar más de 70 horas semanales.
Tiene sentido.
Un emprendedor puede ser simultáneamente responsable de conseguir clientes, pagar salarios, convencer inversionistas, resolver problemas operativos, administrar sus finanzas personales y proyectar hacia empleados y familiares la seguridad de que todo va a funcionar.
A eso debemos agregar algo difícil de cuantificar: cuando la empresa lleva tu apellido metafórico, su fracaso puede empezar a sentirse como el tuyo.
La OMS advierte que las jornadas prolongadas, la falta de control sobre las tareas y la ausencia de apoyo son factores de riesgo psicosocial relacionados con estrés laboral, agotamiento y fatiga. También insiste en que proteger la salud mental en el trabajo requiere intervenir sobre las condiciones laborales, no limitarse a pedirles a las personas que aprendan a soportarlas mejor.
Y aquí creo que tenemos un problema cultural: hemos aprendido a pedir ayuda cuando falla “el servidor”, no necesariamente cuando empezamos a fallar nosotros.
En México todavía existe otra barrera.
El estigma.
La propia Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones ha advertido que los prejuicios alrededor de la depresión pueden desalentar tanto la búsqueda de atención como la continuidad del tratamiento.
Eso importa porque pedir ayuda tampoco garantiza encontrar inmediatamente la ayuda adecuada.
La salud mental no funciona como llevar una computadora al servicio técnico. Puede requerir diferentes especialistas, tratamientos, ajustes, seguimiento y tiempo. A veces la primera consulta no resuelve nada. A veces el primer diagnóstico cambia. A veces una persona necesita insistir hasta encontrar la atención que requiere.
Y precisamente por eso debemos dejar de colocar toda la responsabilidad sobre quien está sufriendo.
“Busca ayuda” es una recomendación necesaria.
Pero debería ir acompañada de otra pregunta: ¿qué hacemos cuando alguien finalmente la busca?
Las empresas también tienen responsabilidad aquí. Un programa de bienestar que ofrece una aplicación para meditar sirve de poco si la cultura recompensa a quien contesta correos a las dos de la mañana. Tampoco sirve hablar de equilibrio entre vida y trabajo mientras los equipos tienen cargas imposibles o sienten que reconocer ansiedad, agotamiento o depresión puede poner en duda su capacidad profesional.
Una organización psicológicamente saludable no es aquella donde nadie se rompe.
Es aquella donde nadie necesita fingir que está bien para conservar su lugar.
Quizá tengamos que redefinir lo que entendemos por fortaleza. Es decir:
¿Por qué la mente tendría que ser diferente?
La salud mental también afecta la capacidad para decidir, relacionarnos, gestionar incertidumbre y dirigir organizaciones. Investigaciones recientes incluso están estudiando cómo el deterioro de la salud mental de los fundadores puede trasladarse al funcionamiento de las empresas que dirigen.
Por eso acudir con un psicólogo o psiquiatra no debería interpretarse como evidencia de que alguien no puede liderar.
Puede ser exactamente lo contrario.
Reconocer que algo supera nuestras herramientas actuales exige un nivel de autoconocimiento que también necesitamos para dirigir una empresa.
El caso Clancy ha generado movilizaciones, discusiones sobre salud mental materna y millones de conversaciones en redes. También ha producido desinformación y teorías sin evidencia, otro recordatorio de lo poco que ganamos convirtiendo una tragedia humana en entretenimiento digital.
Yo prefiero quedarme con una conversación distinta.
No necesitamos esperar una crisis extrema para considerar legítimo pedir ayuda. No necesitamos estar incapacitados para reconocer que algo empieza a rebasarnos.
Y tampoco necesitamos convertir el sufrimiento en una credencial emprendedora.
Quizá la siguiente evolución de nuestra cultura empresarial consista en dejar de preguntar a los fundadores cuánto son capaces de resistir y empezar a preguntarles qué necesitan para mantenerse bien mientras construyen.
Porque una empresa puede recuperarse de una mala decisión, una ronda que no llegó o un trimestre terrible. Las personas necesitan que también aprendamos a cuidarlas antes de que lleguen al límite.
Y tal vez pedir ayuda no sea el momento en que dejamos de ser fuertes. Tal vez sea el momento en que finalmente entendemos para qué sirve la fortaleza.
Para apoyo emocional y situaciones relacionadas con salud mental, Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible gratuitamente las 24 horas, todos los días. La Secretaría de Salud señala que puede brindar intervención breve ante crisis y canalizar casos que necesitan atención presencial especializada.
Para derechohabientes, el IMSS ofrece orientación telefónica sobre salud mental en el 800 2222 668, opción 4; también señala a la Unidad de Medicina Familiar como punto de entrada para valoración y, cuando corresponde, referencia a psicología o psiquiatría.

