
Hace 25 años encendí una televisión con mis amigas de preparatoria buscando MTV. Terminamos viendo el segundo avión estrellarse contra las Torres Gemelas. Desde entonces cambió el mundo, pero también la manera en que contamos, consumimos y recordamos las tragedias.
Yo tenía 17 años y estaba en la preparatoria con mis amigas.
Éramos adolescentes haciendo lo que hacían muchos adolescentes en 2001: pelear con una televisión para encontrar algo que valiera la pena ver. Queríamos MTV. Tengo el recuerdo de que buscábamos Rock DJ, de Robbie Williams. Era uno de esos momentos completamente irrelevantes que uno jamás imaginaría almacenar durante 25 años.
Prendimos la televisión. Y vimos el segundo avionazo.
Hay recuerdos que conservan una nitidez extraña. No puedo decir qué hice muchas mañanas de aquel año, qué desayuné esa semana o qué materia tenía después. Pero recuerdo la televisión, a mis amigas y esa sensación de estar viendo algo que nuestra cabeza todavía no tenía herramientas para comprender.
No somos pocos.
Una encuesta de Pew Research Center publicada con motivo del 25 aniversario encontró que 83% de los estadounidenses nacidos antes de 2001 recuerdan exactamente dónde estaban cuando escucharon la noticia. Entre quienes tenían 10 años o más aquel día, la cifra sube a 93%.
Hay acontecimientos que se convierten en memoria colectiva precisamente así: mezclándose para siempre con recuerdos absurdamente cotidianos.
Yo quería ver MTV.
El mundo terminó viendo cómo se derrumbaba una época.
El 11 de septiembre de 2001, 19 terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, uno contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control. Murieron 2,977 personas de 90 países.
A veces se dice que fue el primer ataque en suelo estadounidense desde Pearl Harbor. Técnicamente, la historia es más complicada: Estados Unidos había sufrido atentados internos, incluido el ataque contra el propio World Trade Center en 1993 y el atentado de Oklahoma City en 1995. Pearl Harbor, además, ocurrió en Hawái cuando todavía no era un estado.
Pero entiendo por qué seguimos haciendo la comparación. La similitud está en el quiebre psicológico.
Estados Unidos parecía intocable. Y aquella mañana descubrimos, al mismo tiempo que los estadounidenses, que no lo era.
Para mi generación esa revelación llegó a través de una pantalla.
Todavía no existían Twitter, Facebook, TikTok ni YouTube. No había teléfonos inteligentes transmitiendo desde cada esquina. La televisión seguía siendo el gran centro alrededor del que se organizaba la conversación pública.
Por eso millones vimos prácticamente las mismas imágenes:
Durante unas horas existió algo que hoy parece casi imposible: una narrativa visual global compartida.
Veinticinco años después, una tragedia semejante sería narrada de una manera completamente distinta.
La conoceríamos primero por una notificación. Después aparecerían videos grabados con teléfonos, transmisiones en vivo, imágenes de cámaras de seguridad, mapas creados por usuarios, periodistas verificando material, gobiernos emitiendo comunicados y millones de personas opinando antes incluso de conocer los hechos básicos.
También aparecerían videos falsos, imágenes creadas con inteligencia artificial, supuestos testimonios, audios fuera de contexto, influencers explicando geopolítica, cuentas anónimas encontrando “pruebas”.
Y algoritmos decidiendo cuál de todas esas versiones merece llegar primero a nosotros.
Las teorías de conspiración sobre el 11-S no nacieron con TikTok. Empezaron a circular prácticamente desde los primeros años posteriores a los ataques y encontraron en internet un extraordinario vehículo de distribución.
Lo que cambió es su velocidad.
En 2001 todavía podíamos discutir sobre lo que significaban unas imágenes que, en términos generales, habíamos visto juntos.
En 2026 ya podemos discutir incluso sobre qué ocurrió.
Ahí está uno de los cambios más profundos en la comunicación de este cuarto de siglo: ganamos acceso a una cantidad inimaginable de información, pero perdimos buena parte de la experiencia común desde la cual interpretarla.
Mi otro recuerdo de aquellos días es el miedo a una guerra.
No sabíamos contra quién.
Ni dónde.
Ni cómo.
Simplemente parecía evidente que algo enorme venía después.
Y vino.
Afganistán. Después Irak. El Patriot Act. Nuevos sistemas de vigilancia. Controles aeroportuarios que una generación nacida después del 11-S considera normales. La creación del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense y una arquitectura de seguridad que terminó influyendo mucho más allá de sus fronteras.
También cambió nuestra percepción de Estados Unidos.
La reacción inicial fuera de ese país fue mayoritariamente de solidaridad. Una investigación de Pew realizada meses después encontró una amplia simpatía internacional hacia los estadounidenses, aunque acompañada de sentimientos mucho más ambiguos respecto de su poder.
Esa solidaridad duró poco.
Cuando la respuesta estadounidense pasó de Afganistán a Irak, la percepción internacional comenzó a transformarse. Pew documentó caídas importantes en la opinión favorable hacia Estados Unidos en distintos países, y la oposición a la guerra terminó modificando durante años la manera en que buena parte del planeta observaba el liderazgo estadounidense.
Para Estados Unidos, el 11 de septiembre sigue siendo una herida nacional.
Para quienes lo vivimos desde México, Europa, América Latina o cualquier otro lugar, la memoria puede ser diferente. Podemos sentir horror por las víctimas y, al mismo tiempo, mirar críticamente lo que ocurrió después.
Una cosa no cancela la otra.
Tal vez aquí exista una lección especialmente relevante para quienes trabajamos en medios, empresas o comunicación.
Durante una crisis, las personas necesitan tres cosas: información, contexto y alguien en quien confiar.
En 2001 había muchas menos fuentes capaces de cumplir esa función. Los grandes medios y los gobiernos tenían un poder enorme para establecer el relato.
Hoy ese monopolio desapareció.
Eso tiene ventajas extraordinarias. Podemos cuestionar versiones oficiales, acceder a documentos originales, escuchar directamente a testigos y comparar perspectivas internacionales sin esperar al periódico del día siguiente.
Pero también tiene un costo.
La ausencia de un árbitro común convierte la confianza en uno de los bienes más escasos de nuestra época.
Para empresas, gobiernos y medios, comunicar ya no significa simplemente emitir información. Significa conseguir que alguien crea que esa información merece su atención entre otras cien versiones posibles.
Y ésa quizá sea una transformación tan importante como cualquiera de las tecnológicas que ocurrieron después del 11-S.
Hay jóvenes adultos que nacieron después de los ataques.
Para ellos el 11 de septiembre pertenece a los libros de historia. Pew encontró que 60% de los estadounidenses de entre 18 y 24 años aprendieron sobre aquellos hechos principalmente en la escuela.
Para ellos son documentales, TikToks, archivos de YouTube, testimonios, memes, podcasts y teorías de conspiración mezclándose en el mismo buscador. Para nosotros fue televisión en vivo.
Eso significa que la memoria también está cambiando.
Los hechos permanecen y las historias que construimos alrededor de ellos evolucionan con cada generación.
Quizá por eso 25 años después sigo pensando en aquella televisión de la preparatoria.
Mis amigas y yo solamente queríamos ver MTV. No sabíamos que estábamos viendo uno de los últimos grandes acontecimientos históricos de una época en la que millones de personas todavía podían mirar simultáneamente una misma pantalla y sentir, aunque fuera durante unas horas, que estaban contemplando la misma realidad.
El 11 de septiembre cambió aeropuertos, guerras, gobiernos, empresas, medios y nuestra percepción de seguridad.
Pero quizá también marcó el comienzo del final de algo que entonces dábamos por sentado: la posibilidad de compartir una historia antes de empezar a discutir qué significaba.
Veinticinco años después tenemos más cámaras, más información y más voces que nunca.
No estoy segura de que eso signifique que vemos más claramente. A veces simplemente significa que tenemos muchas más versiones de dónde mirar.

