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03-07-2026, 4:24:05 PM

Benjamin Franklin: el emprendedor que ayudó a fundar Estados Unidos

La historia de Benjamin Franklin muestra cómo el reconocimiento social al empresario puede influir en la innovación, la creación de riqueza y el desarrollo económico.

© Hecho con IA a través de Gemini

Cada país revela sus aspiraciones en los personajes que decide convertir en héroes nacionales: algunos elevan a generales victoriosos; otros a reyes, sacerdotes o revolucionarios. Entre los padres fundadores de Estados Unidos destaca un hombre que vendía libros, publicaba periódicos, inventaba artefactos, invertía su dinero y creaba instituciones. En términos contemporáneos, Benjamin Franklin fue, ante todo, un emprendedor.

En vísperas del 250 aniversario de la independencia estadounidense, el economista (y su descendiente directo) Mark Skousen destacó que Franklin figura entre los científicos, filósofos, empresarios, inventores y diplomáticos más influyentes de la historia como el único estadounidense.

No solo figura entre los científicos más importantes por sus experimentos con la electricidad; también destaca entre los empresarios más exitosos, los filósofos defensores de la sociedad comercial, los inventores más pragmáticos y los diplomáticos más hábiles. Para Skousen, esa combinación lo convierte en “el mayor estadounidense”, razón por la que su obra sobre Franklin se titula The Greatest American. Pero la conclusión más relevante no es el ranking, sino lo que este revela sobre la identidad de su país.

Benjamin Franklin, el padre fundador que emprendió anntes de hacer historia

Franklin no provenía de la aristocracia ni acumuló prestigio por herencia, sino que construyó su fortuna desde los talleres de una imprenta. Convirtió un pequeño negocio editorial en una empresa altamente rentable y alcanzó la independencia financiera a los 42 años. Esa libertad económica le permitió dedicar el resto de su vida a la ciencia, la diplomacia y el servicio público. El orden de los factores importa: primero creó riqueza, después dedicó esa riqueza a resolver problemas públicos.

Hoy suele encasillarse al empresario como alguien motivado únicamente por el lucro. Franklin demuestra una visión diferente. Su prosperidad financió bibliotecas, compañías de bomberos, hospitales, investigaciones científicas e inventos comunitarios. Su patrimonio fue la consecuencia de haber generado valor y, al mismo tiempo, la herramienta que le permitió ampliar su contribución a la sociedad.

Esta idea conecta directamente con la tesis de la historiadora económica Deirdre McCloskey en su obra Bourgeois Dignity. Para ella, el Gran Enriquecimiento moderno no comenzó cuando Europa descubrió nuevas tecnologías o acumuló capital, sino cuando cambió algo mucho más profundo: la consideración moral hacia quienes comerciaban, invertían e innovaban.

Cuando el empresario dejó de ser ‘el malo’ de la historia

Durante siglos, el comerciante ocupó un peldaño inferior frente al guerrero, el noble o el sacerdote. A partir del siglo XVIII, esa jerarquía cambió. El burgués dejó de ser visto como un personaje sospechoso para convertirse en alguien digno de admiración; la innovación dejó de percibirse como una actividad marginal y empezó a recibir prestigio social.

Franklin personifica ese cambio cultural, pues fue un empresario respetado. Tan respetado que terminó convertido en uno de los arquitectos de una nación y, con el tiempo, en el rostro del billete de cien dólares. Los héroes nacionales transmiten mensajes sobre lo que una sociedad considera honorable. Cuando un país convierte en símbolo a un inventor y hombre de negocios, afirma que crear riqueza mediante la innovación es plenamente compatible con el servicio público.

Benjamin Franklin y Miguel Hidalgo: dos héroes, dos caminos para construir un país

Ese contraste resulta particularmente agudo cuando se observa la historia mexicana. Miguel Hidalgo ocupa un lugar asignado por la historia oficial como Padre de la Patria. Aunque también fue un emprendedor del sector vitivinícola, su perfil es más bien distinto. Como insurgente, su movimiento fue promonárquico, y su levantamiento lo encumbró como un líder que no logró la independencia y cuya marcha estuvo acompañada por una estela de violencia y destrucción, como recuerda Lucas Alamán, testigo directo de la toma de la alhóndiga de Granaditas. Paradójicamente, la independencia sería consumada años después por Agustín de Iturbide, una figura relegada por la historia oficial.

Desde luego, Franklin e Hidalgo pertenecían a contextos históricos distintos y enfrentaban desafíos diferentes. Sin embargo, esa diferencia no explica por sí sola la naturaleza de sus liderazgos.

La Nueva España no era una colonia pobre o marginal, sino una de las posesiones más prósperas de la monarquía española, con una economía considerablemente más desarrollada que la de muchas otras colonias americanas.

Aun así, mientras Franklin encarnó un ideal de prosperidad, innovación y construcción institucional previo a la política, Hidalgo pasó a la historia por encabezar una insurrección cuya fuerza residía en la movilización armada.

Esa diferencia cultural ayuda a entender por qué las ideas de McCloskey mantienen su fuerza provocadora. La prosperidad no depende únicamente de impuestos bajos, seguridad jurídica o estabilidad macroeconómica; también depende de si una sociedad considera honorable enriquecerse creando valor para otros.

En la Nueva España, el prestigio social descansaba principalmente en el linaje, los títulos, la cercanía con la Corona y el acceso a privilegios corporativos. Incluso siendo una de las economías más prósperas del mundo hispánico, el comerciante y el emprendedor difícilmente ocupaban el lugar de referentes morales o políticos.

Mientras en el mundo anglosajón comenzaba a consolidarse el prestigio social del burgués, el México independiente seguía debatiéndose entre la legitimidad del antiguo régimen, el caudillismo militar y los conflictos entre liberales y conservadores. El emprendedor difícilmente podía convertirse en el héroe nacional de una sociedad cuyas disputas giraban alrededor del poder político y no de la creación de riqueza.

Estados Unidos y México: la diferencia ma más allá del dinero

La discusión encuentra su engranaje institucional en la obra de Daron Acemoglu y James Robinson. En ¿Por qué fracasan los países?, los autores argumentan que las instituciones inclusivas generan incentivos para innovar, invertir y competir. Las extractivas, por el contrario, hacen que sea más rentable acercarse al poder político que desarrollar mejores productos o servicios.

La diferencia se observa en el origen mismo de las grandes fortunas. Mientras que Estados Unidos ha producido empresarios que construyeron industrias enteras desde cero, del software al comercio electrónico, una parte importante de las mayores fortunas históricas de México surgió en sectores protegidos, concesionados o estrechamente vinculados a decisiones gubernamentales. El problema no reside en el talento del empresariado mexicano, sino en los incentivos que durante décadas ofrecieron sus instituciones.

Según datos del banco UBS, en 2025 Estados Unidos albergó a 24.6 millones de millonarios, cerca del 40% del total mundial, pese a representar apenas una fracción de la población global. México cuenta con 333,000 personas con un patrimonio superior a un millón de dólares. La disparidad excede el tamaño de ambas economías: refleja una capacidad profundamente distinta para generar riqueza privada mediante la innovación y el emprendimiento.

La lección de Benjamin Franklin que sigue vigente 250 años después

Por supuesto, ningún país vive exclusivamente de sus mitos. Las instituciones, la educación y la competencia importan. Pero los símbolos moldean las aspiraciones de millones de personas durante generaciones.

Quizá por eso Benjamin Franklin sigue vigente a dos siglos y medio de la gesta de 1776. Demostró que emprender, ahorrar, invertir y crear riqueza son actividades intrínsecas a la virtud cívica y al bien común. Mientras algunos discursos condenan al creador de empresas, Franklin ofrece una lección distinta: antes de ser estadista, fue emprendedor; antes de representar a su país, construyó valor para sus clientes.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja únicamente la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Emprendedor.com

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autor Sociólogo (FCPyS-UNAM) y especialista en historia del Pensamiento Económico (FE-UNAM). Escribo sobre eventos macroeconómicos, mercados financieros y finanzas personales.