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Humanos para emprender, agentes para multiplicar.

De bailar en televisión nacional a vender zapatos por internet, mi historia con Simoné me enseñó que ningún negocio crece solo. En esta columna comparto por qué migrar a un modelo de e-commerce con Tiendanube no solo transformó mis ventas, sino la manera en que entiendo el éxito: como algo que se construye y se comparte entre mujeres.
Hace algunos años, si alguien me hubiera dicho que terminaría dirigiendo una marca de calzado propia, probablemente no le habría creído. Durante mucho tiempo mi vida estuvo en un escenario, bajo las luces de un foro de televisión, bailando frente a millones de personas cada mañana.
Ese trabajo me dio disciplina, me enseñó a sostener un ritmo exigente y me regaló amistades que hoy son familia. Pero también me enseñó, sin que yo lo pidiera, una lección que después se volvería el cimiento de todo lo que construí: nada de lo que parece estable lo es realmente, y estar preparada para reinventarte no es opcional; es parte del oficio de vivir.
Cuando esa etapa terminó, no tenía un plan de negocios bajo el brazo ni un fondo de inversión esperándome. Tenía, eso sí, una amiga, Marisol, con quien compartía la certeza de que algo nuevo tenía que nacer de ese cierre. Así surgió Simoné: un puñado de pares de zapatos, muchas dudas y la convicción de que podíamos construir algo propio.
No fue un plan perfecto. Fue, más bien, un acto de fe compartido entre dos mujeres que se negaban a quedarse quietas.
Hoy, con el paso de los años, entiendo que esa palabra —compartido— es la que mejor resume todo lo que ha significado emprender. Y es justo el tema que quiero compartir en esta columna, porque creo que en el ecosistema del emprendimiento mexicano seguimos hablando demasiado de competencia y muy poco de comunidad.
Existe una idea muy extendida, casi romántica, de la persona emprendedora como alguien solitario: quien se levanta antes que todos, decide todo sin ayuda y carga el negocio entero sobre sus hombros. Yo viví esa versión del cuento al principio, y les puedo asegurar que no es sostenible.
Cargar sola con cada decisión —desde la logística de un pedido hasta la estrategia de precios— no es fortaleza; es agotamiento disfrazado de heroísmo.
Lo que realmente nos permitió a Marisol y a mí sostener Simoné en los momentos más difíciles, incluidos los meses en los que la pandemia detuvo casi por completo las ventas físicas, fue reconocer que necesitábamos apoyarnos: en proveedores que entendieran nuestro momento, en clientas que se convirtieron en embajadoras de la marca sin que se los pidiéramos, y en herramientas tecnológicas que nos permitieran dejar de improvisar y empezar a operar con orden.
Cuando decidimos mudar Simoné a una tienda en línea con Tiendanube, pensé que se trataba, sobre todo, de resolver un problema operativo: tener un catálogo ordenado, cobrar de forma segura, calcular envíos sin dolores de cabeza. Y sí, todo eso pasó. Pero lo que no anticipé fue el efecto que tendría en la manera en que entendíamos nuestro propio negocio.
Contar con una plataforma que se encargara de la parte técnica nos devolvió tiempo. Y ese tiempo lo empezamos a invertir en algo que antes no teníamos espacio para hacer: escuchar a nuestra comunidad.
Leer los mensajes de las mujeres que nos compraban zapatos, entender por qué volvían, por qué nos recomendaban, qué buscaban cuando entraban a la tienda. Ese ejercicio, que parece pequeño, terminó siendo el que más transformó la marca, porque nos permitió pasar de vender un producto a construir un lugar de pertenencia.
Esa frase que hoy identifica a Simoné no nació en una sesión de branding. Nació de algo mucho más simple: darnos cuenta de que cada vez que ayudábamos a otra mujer emprendedora —recomendándole un proveedor, compartiéndole un aprendizaje doloroso que nos había costado caro, presentándole a alguien de nuestra red—, el ecosistema completo se fortalecía.
Y que, contrario a lo que muchas veces nos enseñan sobre los negocios, ayudar a otras no nos restaba clientas ni oportunidades. Al contrario: nos daba credibilidad, nos daba comunidad y, con el tiempo, nos abrió puertas que jamás hubiéramos tocado solas.
Convertirnos en embajadoras de Tiendanube fue una extensión natural de esa filosofía. No se trató de “representar una marca” en el sentido tradicional, sino de seguir haciendo lo que ya hacíamos de manera orgánica: acompañar a otras mujeres que estaban dando sus primeros pasos en el comercio electrónico, responder sus dudas y celebrar sus primeras ventas como si fueran nuestras.
Si algo he aprendido en este camino es que emprender no es una carrera contra otros negocios; es una carrera de resistencia contigo misma. Y esa resistencia se sostiene mucho mejor cuando no la corres sola.
A quien está por dar el salto de vender por redes sociales a tener una tienda en línea propia, le diría tres cosas.
Primero, que busque comunidad antes que perfección: es mejor lanzar con un catálogo sencillo, pero acompañado de personas que crean en el proyecto, que esperar el momento “ideal” en total aislamiento.
Segundo, que la tecnología no sustituye la cercanía con la clienta, la potencia: automatizar procesos no significa perder el trato humano, significa tener más tiempo para cuidarlo.
Y tercero, que pedir ayuda no es debilidad. Cada vez que le he preguntado a otra fundadora cómo resolvió un problema que yo estaba enfrentando, he ahorrado meses de prueba y error.
Hay quienes todavía ven la solidaridad entre emprendedoras como un gesto simpático, pero secundario frente a las verdaderas decisiones de negocio: precios, márgenes, logística. Yo he llegado a la conclusión contraria.
En un mercado donde el comercio electrónico en México sigue creciendo y cada vez hay más marcas peleando por la atención de las mismas clientas, la comunidad que construyes alrededor de tu marca —con tus clientas, con otras emprendedoras, con tu equipo— es, literalmente, tu ventaja competitiva.
No hay algoritmo ni campaña publicitaria que sustituya la confianza que se construye cuando una mujer le recomienda tu tienda a otra porque de verdad confía en lo que vive ahí.
Simoné hoy es una marca más madura que la que arrancó con unos cuantos pares de zapatos y muchas dudas. Pero si algo no ha cambiado es esa certeza que nos acompañó desde el primer día: los negocios más sólidos no son los que se construyen a puerta cerrada, sino los que se atreven a compartir el camino.
Por eso, cada vez que alguien me pregunta cuál ha sido la clave del crecimiento de Simoné, mi respuesta no tiene que ver con una fórmula secreta de marketing ni con un golpe de suerte. Tiene que ver con haber entendido, a tiempo, que emprender también es aprender a compartir: el conocimiento, la red, el reconocimiento y, sobre todo, la convicción de que cuando una de nosotras crece, todas tenemos algo que celebrar.
