
El mundo se ha llenado de conversaciones sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) en numerosas áreas de nuestras vidas: desde el crecimiento preocupante en la proporción de quienes usan IA companions, la era agéntica, la hiperproductividad, la desaparición de millones de empleos, así como la creación de otros millones de puestos.
Dentro de tanto hype, es importante retomar distintas reflexiones que van más allá del tema de la IA; que, si bien están estrechamente ligadas, ayudan a contextualizar un poco mejor y contribuyen a dejar de darle tanto peso en nuestra vida y en nuestra salud mental.
Primero, vivimos en un mercado laboral que nos exige ser hiperproductivos, pero nos está costando mucho ponernos al día de forma pareja.
Hace unas semanas escuché a Sergio Nouvel —cofundador y CEO de Get on Board— decir que actualmente estamos siendo 30 veces más productivos que antes. Es decir, que lo que hacíamos en 30 días, ahora podemos ejecutarlo en un solo día con ayuda de la IA agéntica.
La pregunta que me hago es: ¿cuántos de nosotros estamos realmente en ese nivel de productividad? Me refiero a ese punto donde ya nos da vergüenza admitir que la IA nos ayudó a sacar un proyecto, o donde no sabemos qué hacer con el tiempo que nos sobró (si trabajar más o permitirnos trabajar menos).
Según el informe 2025 AI Jobs Barometer de PwC —con datos de casi 50 mil trabajadores en 48 economías—, solo el 14% de la fuerza laboral usa IA generativa diariamente, un aumento ligero respecto al 12% en 2024. Y ojo, el reporte dice que solo el 6% usaba IA agéntica diariamente en 2025.
Segundo, antes de siquiera empezar a medir la mejora en nuestra productividad, nos está ganando la parálisis.
El informe 2025 Global Workforce Hopes and Fears Survey de PwC muestra que el 35% de la fuerza laboral global se siente abrumada al menos una vez a la semana, cifra que aumenta al 42% en la Generación Z.
La brecha entre los distintos niveles dentro de las empresas es enorme: casi un tercio de los trabajadores de nivel inicial reporta preocupación significativa por el impacto de la IA en su futuro. Mientras el 72% de las y los directivos confía en el futuro de su rol, solo un 43% de los empleados sin responsabilidades de liderazgo opina igual.
Tercero, la parálisis ocurre al interior de las empresas, pero fuera de ellas quienes se están graduando manifiestan algo más cercano al rechazo.
Una encuesta de Gallup de 2026 revela que el sentimiento hacia la IA entre los jóvenes de la Generación Z en Estados Unidos cada vez es más negativo. Su enojo relacionado con la IA aumentó a 31%.
Parece que cada vez es más frecuente que muestren su rechazo públicamente, como lo manifestaron durante el discurso del ex CEO de Google, Eric Schmidt, en la Universidad de Arizona, en mayo de 2025.
Una cuarta reflexión —quizás la más urgente a tratar— es la desigualdad que la IA está generando, en un mundo que de por sí ya es demasiado desigual.
Mientras el 30% de la población en Estados Unidos ya usa herramientas de IA, en países de América Latina, África y Asia esta cifra no supera el 10% al 20%, según el International AI Safety Report 2026.
Además de ser generacional y regional, la brecha también es de género. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en países de altos ingresos el 41% del empleo femenino tiene exposición potencial a la automatización, frente al 28% del empleo masculino, sobre todo porque las mujeres están sobrerrepresentadas en roles administrativos y de oficina que son más vulnerables, entre otras causas.
Es un hecho que la conversación sobre la IA está intrínsecamente ligada a una conversación sobre equidad, a una conversación sobre salud mental y a una conversación sobre adaptación al cambio y usabilidad.
Más que hablar de una ruta específica de transformación digital al interior de las empresas y las universidades, veo oportunidad de tomar las siguientes acciones:
Sin importar el tamaño, donde las personas puedan expresar abiertamente su sentir sobre la IA, qué les genera ansiedad y qué necesitan para adoptarla de manera real.
Esto dentro de las horas laborales, para que las personas experimenten, se equivoquen y aprendan. El enfoque es que se conviertan en creadores, y no solo en usuarios de IA.
El llamado automation bias es una tendencia a aceptar sin cuestionar lo que un sistema automatizado sugiere, y es sumamente riesgosa porque puede llevarnos a perpetuar la desigualdad sin siquiera darnos cuenta, como cuando un sistema de reclutamiento excluye a mujeres o poblaciones minoritarias simplemente por no aparecer en los datos históricos.
La mayoría de los modelos de IA fueron desarrollados por solo unos pocos países (Estados Unidos, China, Francia, Canadá, Israel, Corea del Sur y Arabia Saudita), con los sesgos culturales —y de poder— que eso implica.
Debemos acompañar, de manera intencional, creativa e innovadora, a las poblaciones que se están viendo más afectadas por esta nueva era tecnológica: las y los jóvenes, las personas sin experiencia laboral previa, las mujeres, las personas mayores y las personas en zonas rurales, entre otras.
La IA no va a dejar de aparecer en nuestras conversaciones como algo emocionante y completamente disruptivo. Está en nosotros darle peso a los matices y jugar al abogado del diablo, porque de eso depende encontrar los beneficios reales de esta tecnología para todas las personas.

