
Una habitación barata de motel, dos camas y varias cubetas llenas de agua de pantano difícilmente parecen el escenario de una investigación sobre algunas de las transiciones más importantes en la evolución.
Pero ahí terminó funcionando parte del laboratorio de Julia Van Etten, hoy profesora asistente de Biología de la Universidad de Maryland, y un pequeño grupo de investigadores que buscaban un microorganismo extremadamente raro llamado Paulinella.
La investigación, publicada el 4 de septiembre de 2026 en Journal of Phycology, confirmó dos nuevas especies: Paulinella marae y Paulinella murrayi. Con ellas, el número de especies fotosintéticas descritas de este grupo pasó de cuatro a seis.
La historia empezó en 2021, cuando Van Etten estaba de vacaciones familiares en Outer Banks, Carolina del Norte.
La científica tomó una muestra de agua de un humedal salobre junto a una carretera en Nags Head y la examinó con el equipo que llevaba para su proyecto de divulgación Couch Microscopy: un microscopio para aficionados de 300 dólares y una cámara de 198 dólares. Ahí encontró células pertenecientes al raro género Paulinella.
Durante los siguientes años regresó al sitio para tomar nuevas muestras.
En mayo de 2025 llegó la campaña decisiva. El grupo convirtió una habitación de motel que costaba unos 80 dólares por noche en laboratorio provisional: recipientes con agua salobre alrededor del cuarto, microscopios sobre las mesas y herramientas improvisadas para separar organismos microscópicos.
El artículo científico confirma que las células utilizadas para los análisis moleculares y de microscopía electrónica fueron recolectadas el 12 de mayo de 2025 en Roanoke Sound, Nags Head.
El descubrimiento importa mucho más por lo que estos microorganismos pueden enseñar que simplemente por agregar dos nombres al catálogo de especies.
Hace entre 90 y 140 millones de años, un ancestro de las Paulinella fotosintéticas incorporó una cianobacteria dentro de su célula. En vez de digerirla, terminó integrándola hasta convertirla en una estructura fotosintética permanente denominada cromatóforo.
El proceso se conoce como endosimbiosis primaria.
Algo comparable ocurrió hace más de 1,500 millones de años en el linaje que terminaría originando algas y plantas, cuando una célula incorporó una bacteria fotosintética que evolucionaría hasta convertirse en los plastidios —incluidos los cloroplastos— utilizados hoy para realizar fotosíntesis.
El problema es que aquel episodio ocurrió hace tanto tiempo que buena parte de sus etapas intermedias se perdieron.
Paulinella ofrece algo parecido a una repetición evolutivamente más reciente del fenómeno.
Ese es el verdadero valor científico.
El cromatóforo de Paulinella todavía conserva características de la bacteria que alguna vez vivió independientemente y continúa integrándose con la célula que lo hospeda.
Por eso los investigadores pueden estudiar procesos que en plantas y algas llevan más de mil millones de años de transformación.
El trabajo con P. marae y P. murrayi encontró diferencias estructurales en sus genomas, incluidos reordenamientos e inversiones, además de señales evolutivas distintas entre el ADN nuclear, mitocondrial y del cromatóforo.
Las dos especies también parecen ocupar microhábitats ligeramente diferentes pese a encontrarse en el mismo sitio: una tiende más a permanecer suspendida en el agua y otra a asociarse con plantas acuáticas.
Encontrar dos especies juntas tiene otra ventaja: permite comparar organismos estrechamente relacionados mientras científicos intentan reconstruir cómo cambia una célula después de adquirir una nueva capacidad metabólica.
Los autores creen además que las Paulinella fotosintéticas podrían estar mucho más distribuidas de lo que indica el reducido número de especies conocidas, pero pasar inadvertidas debido a su escasez y dificultad para cultivarlas.
Van Etten ya creó un consorcio que reúne investigadores profesionales y aficionados a la microscopía para localizar nuevas poblaciones alrededor del mundo.
La estrategia mezcla secuenciación genómica avanzada con algo mucho más tradicional: salir, recoger agua y mirar detenidamente qué vive dentro.
No.
Las nuevas especies no explican cómo apareció la primera vida en la Tierra.
Lo que pueden ayudar a comprender es cómo organismos simples adquirieron nuevas capacidades al integrar otras células, un mecanismo que tuvo enorme importancia en la evolución de la vida compleja y de la fotosíntesis eucariota.
La Universidad de Maryland considera que Paulinella ofrece una oportunidad excepcional para estudiar cómo surgen nuevos orgánulos porque su proceso de integración comenzó hace unos 100 millones de años, mucho más recientemente que los acontecimientos que dieron lugar a los cloroplastos de plantas y algas.

