
Hablar de franquicias en México se ha vuelto, en muchos espacios, sinónimo de repetir cifras espectaculares: más de 1,500 marcas, decenas de miles de puntos de venta y crecimientos constantes año tras año.
El problema es que, cuando se analizan esas cifras con rigor, no existe un censo confiable, una metodología clara ni una fuente pública verificable que las respalde.
Y este no es un detalle menor. Una industria y un sector que aspiran a consolidarse no pueden construirse sobre números inflados o narrativas complacientes.
Eso no significa que el modelo de franquicia no funcione en México. Todo lo contrario.
El franchising es uno de los esquemas más eficaces para replicar negocios, formalizar empresas y generar empleo alrededor del mundo; sin embargo, en México hay un reto serio: crecer con orden, profesionalización y datos reales, y sin tantos cierres e inversionistas quebrados.
A diferencia de Estados Unidos —donde la International Franchise Association (IFA) trabaja con datos del U.S. Census Bureau y metodologías claras— en México no existe un organismo público o privado que levante información integral y verificable del sector.
INEGI no clasifica a las franquicias como una categoría independiente; el IMSS reporta empleo por sector, no por modelo de negocio.
Como resultado, muchas cifras que circulan año con año no cuadran matemáticamente cuando se comparan entre periodos, lo que genera confusión tanto para inversionistas como para autoridades.
Reconocer esta ausencia de información no es debilitar al sector; es el primer paso para fortalecerlo.
Aunque no podamos afirmar con precisión cuántas franquicias operan en México, sí podemos afirmar con certeza algunas realidades:
Es decir, el impacto existe, aunque no esté medido.
El franchising mexicano sigue siendo una industria joven. No por edad cronológica, sino por su nivel de institucionalización.
Muchos conceptos franquician antes de estar listos, sin estructura corporativa, sin cadena de suministro, sin manuales probados y, en algunos casos, sin entender realmente qué implica otorgar una franquicia.
La baja regulación —permitida por una legislación mínima— ha provocado que convivan franquicias sólidas con pseudofranquicias, dañando la percepción del modelo y generando historias de fracaso que no tendrían por qué ocurrir.
Aquí está uno de los grandes retos: pasar de la expansión acelerada a la expansión responsable.
A pesar de todo, el potencial es enorme.
México tiene:
Pero para aprovecharlo, la industria necesita:
México no necesita más discursos triunfalistas sobre franquicias.
Necesita más autocrítica, más técnica y más responsabilidad.
El modelo funciona, pero no por inercia.
Funciona cuando se entiende, se respeta y se ejecuta correctamente.
Si logramos medir mejor, profesionalizar más y dejar de maquillar cifras, el franchising mexicano puede convertirse en un verdadero motor económico de largo plazo, no solo en una buena historia para lucirse en las presentaciones.

