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¿Y si sí? El Mundial que nos está enseñando a confiar otra vez

COLUMNA

México hizo historia en la fase de grupos del Mundial 2026, pero la verdadera noticia está en otra parte: en cómo un país acostumbrado a protegerse de la decepción volvió a permitirse creer.

México firmó la mejor fase de grupos de su historia en una Copa del Mundo al sumar nueve puntos y terminar con la portería invicta.
México firmó la mejor fase de grupos de su historia en una Copa del Mundo al sumar nueve puntos y terminar con la portería invicta. © Luis Peagui

Hay una frase que el aficionado mexicano aprendió a decir bajito. Casi con pena. Casi pidiendo permiso. “¿Y si sí?”. No porque no sepamos ilusionarnos, sino porque durante demasiados años nos enseñamos a hacerlo con freno de mano, con una sonrisa defensiva, con el chiste preparado antes del golpe, con esa mezcla tan nuestra de fe, ironía y trauma deportivo. Pero después del 3-0 de México ante Chequia, después de terminar líder de grupo, con nueve puntos, tres victorias y la portería intacta, algo cambió.

Esto no necesariamente porque México vaya a ser campeón. No porque el famoso quinto partido ya esté garantizado. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, la ilusión no nace solo de la camiseta, del himno o del “sí se puede”. Nace de algo más incómodo para los escépticos: de los datos, del funcionamiento, de la defensa, del liderazgo, de una identidad recuperada y de la sensación —tan rara, tan frágil, tan poderosa— de que esta vez el equipo no está pidiendo que creamos a ciegas. Está dando argumentos para hacerlo.

La pregunta que nadie quería decir en voz alta

Lo primero que apareció no fue la euforia. En las fotografías de mi compañero Luis Peagui, que acompañan esta columna se ve algo más: silencio. Ese segundo raro después del tercer gol, cuando el marcador decía 3-0, Chequia ya estaba fuera, el Estadio Azteca rugía y millones de mexicanos, desde la sala, el bar, la oficina, el puesto de tacos, el grupo de WhatsApp familiar o la pantalla gigante en la calle, se quedaron frente a una idea que casi daba miedo mirar de frente: ¿y si sí?

Más que los resultados, el orden táctico y la solidez defensiva han cambiado la percepción alrededor de la Selección Mexicana | Imagen: Luis Peagui
Más que los resultados, el orden táctico y la solidez defensiva han cambiado la percepción alrededor de la Selección Mexicana | Imagen: Luis Peagui

No “sí” como promesa de campeonato, arrogancia o decreto motivacional de comercial de refresco. “Sí” como posibilidad. Como permiso.

Como esa pequeña grieta emocional por donde entra algo que México conoce bien, pero también teme: la ilusión.

Porque la ilusión, cuando se trata de la Selección Mexicana, nunca ha sido inocente. Viene cargada de recuerdos. De partidos que empezaron con esperanza y terminaron con memes, generaciones que crecieron escuchando que “ahora sí” y aprendieron, con los años, que era mejor reírse primero para que doliera menos después y octavos de final convertidos en pared psicológica. De frases que ya son parte del archivo emocional del país: jugamos como nunca, perdimos como siempre.

Y entonces llega este equipo. No perfecto, pero sí competitivo. Poco espectacular durante 90 minutos, pero sí serio. No necesariamente brillante, pero sí confiable. Un equipo que derrotó 2-0 a Sudáfrica, 1-0 a Corea del Sur y 3-0 a Chequia; que terminó con nueve puntos; que no recibió un solo gol; que ganó su grupo por primera vez con paso perfecto; y que, en lugar de pedir fe, empezó a ofrecer evidencia.

La diferencia entre esperanza e ilusión

La esperanza es una vela. La ilusión es un incendio organizado.

La esperanza puede existir aunque todo indique lo contrario. Es casi un acto de resistencia. Uno espera porque necesita esperar, porque sin eso la vida se vuelve demasiado árida. La ilusión, en cambio, necesita señales. Necesita pequeños hechos que la alimenten. Una defensa que no se quiebra.

Javier Aguirre ha construido un equipo que privilegia la disciplina colectiva sobre las individualidades | Imagen: Luis Peagui
Javier Aguirre ha construido un equipo que privilegia la disciplina colectiva sobre las individualidades | Imagen: Luis Peagui

Un entrenador que no pierde el piso. Un joven de 17 años que entra al escenario más grande del mundo y no parece pedir permiso. Un veterano que se despide en casa y, al hacerlo, le recuerda a todos que la memoria también juega.

Por eso lo que está pasando con México no se parece a otros arranques mundialistas. No es la ilusión automática de cada cuatro años. No es la camiseta verde activando el reflejo patriótico. Es algo más interesante: una ilusión que se está construyendo sobre señales verificables.

México no solo ganó. Ganó tres veces. No solo avanzó. Avanzó como líder. No solo compitió. Controló emocionalmente momentos que en otros años se habrían convertido en tormenta. No solo defendió. Terminó la fase de grupos sin recibir gol, algo que, de acuerdo con Concacaf, solo había logrado una vez antes en su historia mundialista: en México 1970, también como anfitrión.

Y eso importa porque la confianza, en el fútbol como en los negocios, no aparece por decreto.

Se construye con repetición. Con procesos. Con evidencia. Una empresa no cambia de cultura porque su director general dé un discurso inspirador en enero. Cambia cuando los equipos empiezan a ejecutar distinto, cuando los errores se corrigen, cuando el talento nuevo encuentra espacio y cuando el liderazgo deja de administrar excusas para empezar a administrar expectativas. Eso, a su manera, está haciendo este Tri.

El país que aprendió a protegerse de la decepción

México no es un país que no crea. Al contrario. Cree demasiado. Cree en remedios, en vírgenes, en cábalas, en camisetas que no se lavan, en alineaciones que se repiten, en promesas que se hacen frente a una pantalla y en goles que se gritan antes de entrar. Pero también es un país que ha aprendido a blindarse.

La ilusión de millones de aficionados mexicanos hoy parece sustentarse en resultados y funcionamiento, no únicamente en optimismo | Imagen: Luis Peagui
La ilusión de millones de aficionados mexicanos hoy parece sustentarse en resultados y funcionamiento, no únicamente en optimismo | Imagen: Luis Peagui

Nos ilusionamos, sí, pero con seguro contra daños. Decimos “tranquilos” cuando por dentro estamos temblando. Hacemos memes antes de que llegue la tragedia. Convertimos la ansiedad en chiste porque el chiste nos permite seguir ahí sin sentirnos ingenuos. El aficionado mexicano desarrolló una sofisticada ingeniería emocional para sobrevivir a la Selección:

Ama, pero sospecha; celebra, pero no se entrega; sueña, pero con cláusula de cancelación.

Y no es para menos. Durante décadas, México construyó una relación extraña con los Mundiales. Suficientemente bueno para estar. Suficientemente competitivo para emocionar. Pero no lo bastante contundente para romper del todo su propio techo. Los cuartos de final de 1970 y 1986 quedaron como hitos luminosos, ambos en casa. Después vino una larga conversación con el límite, con ese famoso quinto partido convertido en obsesión cultural, en marca de fracaso, en símbolo de todo lo que el país siente que puede rozar pero no terminar de conquistar.

La eliminación en fase de grupos de Qatar 2022 hizo aún más profundo ese mecanismo de defensa. Ya no era solo la frustración del cuarto partido. Era la sensación de retroceso. De desconexión. De una Selección sin relato. Por eso lo que ocurre ahora pesa más: porque no aparece sobre una historia de triunfalismo, sino sobre una herida reciente. La ilusión de 2026 no nace en terreno limpio. Nace sobre ruinas emocionales. Y quizá por eso se siente tan potente.

Javier Aguirre y el valor de no vender humo

No es un técnico que necesite convertir cada conferencia en manifiesto. No parece interesado en alimentar épicas antes de tiempo. De hecho, después del 3-0 ante Chequia, su mensaje fue casi un antídoto contra la sobredosis emocional: vienen los partidos de eliminación, las estadísticas y los datos ya no importan igual, lo que cuenta es lo que sigue. La frase podría sonar fría en medio de la fiesta, pero quizá por eso funciona. Porque una Selección que carga décadas de ansiedad no necesita un vendedor de humo. Necesita a alguien capaz de sostener el entusiasmo sin permitir que se vuelva desorden.

Aguirre destacó la fortaleza mental del equipo después de un inicio que no le gustó. Dijo que México se asentó, recuperó el control y mostró carácter. Esa palabra, carácter, suele usarse tanto que a veces pierde peso. Pero en este contexto significa algo muy concreto: no descomponerse cuando el partido no arranca como se imaginó; no desesperarse cuando el gol tarda; no confundir localía con obligación de atropellar; no jugar contra los fantasmas antes que contra el rival.

Aguirre ya había estado en dos Mundiales con México como entrenador, en 2002 y 2010, y también vivió el de 1986 como jugador.

Eso no lo convierte automáticamente en solución, pero sí en alguien que entiende algo que no siempre se aprende en pizarrones tácticos: la Selección Mexicana no solo juega contra rivales. Juega contra su historia, contra su afición, contra su mercado, contra su prensa, contra su propio espejo.

La confianza también se construye en el deporte: tres victorias consecutivas modificaron el ánimo de toda una afición | Imagen: Luis Peagui
La confianza también se construye en el deporte: tres victorias consecutivas modificaron el ánimo de toda una afición | Imagen: Luis Peagui

Y administrar eso también es liderazgo. En una empresa, en una redacción, en una startup o en una selección nacional, el reto no es solo tener talento. Es crear un entorno en el que ese talento no se rompa cuando todos empiezan a mirar.

Quizá dentro de unos días México quede eliminado

Tal vez llegue a cuartos de final.

Quizá escriba una de las páginas más importantes de su historia.

Todavía no lo sabemos.

Y justamente ahí está la belleza de todo esto. La ilusión no consiste en creer que el desenlace será perfecto. Consiste en aceptar que, por primera vez en mucho tiempo, existe una posibilidad razonable de sorprendernos.

No porque alguien nos haya prometido grandeza. Sino porque un grupo de futbolistas, dirigido por un entrenador que entiende el peso emocional de esta camiseta, decidió hacer lo único que realmente cambia la percepción de las personas: respaldar las palabras con hechos.

Hace apenas unos meses, preguntarse “¿y si sí?” parecía ingenuo. Hoy suena responsable. Esa es la mayor victoria de esta Selección. No haber convencido al mundo. Haber convencido, otra vez, a México.

El Mundial volvió a convertirse en un espejo donde México discute liderazgo, identidad y confianza colectiva | Imagen: Luis Peagui
El Mundial volvió a convertirse en un espejo donde México discute liderazgo, identidad y confianza colectiva | Imagen: Luis Peagui

Porque los países también necesitan momentos que les recuerden que el optimismo no siempre es sinónimo de ingenuidad.

A veces es simplemente el resultado de hacer bien las cosas durante el tiempo suficiente para volver a creer.

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autor Periodista web amante de los negocios y los cómics. Martha Violante es maestra por la Universidad Panamericana. Cuenta con una carrera de 17 años en estrategía editorial digital y creación de contenido sobre negocios, innovación y cultura digital en México. Ha entrevistado a figuras de la talla de Randi Zuckerberg, Daniele Lamarre, Zoe Saldana, entre otros. Ha trabajado en medios como Entrepreneur en Español e Inglés, Alto Nivel, Cine PREMIERE, México Desconocido, entre otros.