



No es un secreto que la capital del país ha tenido problemas de hundimientos diferenciados desde época virreinal. Sin embargo, a raíz de la desecación de su lecho lacustre dicho problema se ha agravado. Ahora se sabe que, en la actualidad, el hundimiento de la Ciudad de México (CDMX) tiene un ritmo de 40 centímetros por año. Esto es un dato alarmante, ya que pone en peligro a la urbe y su población. ¿Se puede detener este fenómeno?
El origen directo del hundimiento de la Ciudad de México se encuentra en la desecación del gran lago de Texcoco. Sobre este complejo lacustre se asentó Mexico-Tenochtitlan, la cual fue erigida bajo una concepción de lo urbano muy distinta a la de nosotros. Para los mexicas, su capital no debía ganar terreno al lago, sino más bien, se acopló por completo a sus ciclos. Es así que en lugar de retirar el agua, su gloriosa ciudad se levantó sobre ella gracias a las chinampas. Estas parcelas flotantes fueron una solución óptima. Por si fuera poco, este sistema constructivo y de cultivo reflejaba la cosmovisión mesoamericana de respetar e integrarse a la naturaleza al ser ella la manifestación de lo divino.
Tras la conquista, la perspectiva europea cambió la faz de la Ciudad de México. Las autoridades virreinales desecaron buena parte del lago de Texcoco ya que, al haber destruido el Albarradón de Nezahualcóyotl, no podían controlar sus mareas ni las inundaciones en temporada de lluvias. Se tenía la idea de dominar a las fuerzas naturales, de separarlas de lo humano. Sin embargo, a pesar de ello, no se buscó eliminar por completo el sistema lacustre del Valle de México. Esto permitió que, hasta recién iniciado el siglo XX, la capital de la República conservara canales y algunas riberas lacustres por las que navegaron hasta barcos de vapor.
No sería hasta que una vez concluida la Revolución, los gobiernos del país y las autoridades capitalinas buscaron activamente modernizar a la Ciudad de México. Para ello, debían eliminar lo que consideraban entorpecía su desarrollo industrial e inmobiliario. Fue así que se entubaron ríos (como el de la Piedad) y se desecó activamente enormes zonas del lago de Texcoco. Sobre estas se construyeron complejos residenciales como el de San Juan de Aragón. Fue así que el lecho lacustre dejó de tener agua y por ello, se perjudicó la hidratación y estabilidad de los suelos.
Si bien desde época virreinal se han presentado problemas de hundimientos diferenciales, solo a partir del siglo XX han aumentado exponencialmente. Lo vemos a diario en monumentos icónicos de la ciudad: la Catedral Metropolitana, la antigua Basílica de la Virgen de Guadalupe, el Palacio de Bellas Artes, estaciones del Metro, entre muchos otros. Este fenómeno se debe a que el terreno fangoso del antiguo lago de Texcoco ya no puede rehidratarse gracias a la desecación, lo que provoca que se hunda, sobre todo si tiene un enorme peso encima.
Como advirtieron geólogos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2024, la capital del país registra un hundimiento promedio anual de entre 10 y 30 centímetros. Lo peor es que hay zonas que alcanzan hasta 40 centímetros. Las áreas con alta densidad poblacional y fuerte extracción de agua subterránea han agravado la situación. Además, el 70 % del suelo de la ciudad es considerado inundable. A ello se debe agregar que la extensa cobertura asfáltica de las calles y la canalización de antiguos ríos han reducido la capacidad de absorción y drenaje natural de los suelos.
A pesar de este problemático panorama, los especialistas ya han esbozado varias soluciones. Además de recuperar algunas partes del antiguo sistema lacustre de Texcoco, se ha planteado desconcentrar a la Ciudad de México. Esto podría llevarse a cabo creando nuevos centros poblacionales planificados, con infraestructura básica y numerosos empleos.
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También se ha planteado trasladar las grandes industrias e instituciones públicas fuera de la capital. Todo esto podría contribuir a reducir la presión sobre la gran urbe y evitar no solo su hundimiento, sino también problemas como la inequidad social en la distribución del agua.