
El característico sonido del organillo, ese carrusel de notas nostálgicas que acompaña los paseos por plazas y calles emblemáticas de la capital, acaba de recibir un reconocimiento histórico: el oficio de los organilleros ha sido declarado oficialmente como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México. Con esta decisión, la ciudad no sólo honra una tradición sonora centenaria sino que también blinda un oficio vulnerable ante la modernización urbana.
La historia del organillo en México se remonta al siglo XIX, cuando inmigrantes europeos trajeron a nuestro país este instrumento de manivela. Con el tiempo, sus melodías se arraigaron en los espacios públicos: plazas, mercados, el Centro Histórico, calles transitadas. Hoy, a pesar de los cambios urbanos, aún es posible escuchar al organillero recorrer la ciudad, cargando su instrumento y repartiendo música en el aire.
Ese paisaje sonoro, nostálgico y popular, forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Pero la modernidad, la urbanización acelerada y la desaparición de tradiciones han puesto en riesgo la continuidad del oficio. Por ello, desde hace años diversas asociaciones, colectivos culturales e incluso público en general —como los asistentes al Festival de Organilleros en CDMX— impulsaron su reconocimiento formal.
El 28 de noviembre de 2025, durante la Tercera Sesión Ordinaria de la Comisión Interinstitucional del Patrimonio Cultural, Natural y Biocultural de la Ciudad de México (CIPCNB), se aprobó por unanimidad declarar el oficio de las personas organilleras como Patrimonio Cultural Inmaterial de la capital.
Ahora, la responsabilidad recae en la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, que debe elaborar el dictamen técnico correspondiente y presentarlo al titular del gobierno capitalino para su firma. Una vez aprobado, la declaratoria será publicada en la Gaceta Oficial de la CDMX para formalizar su estatus.
Además de la declaratoria, se contempla la elaboración de un Plan de Manejo y Salvaguarda. Este plan buscará proteger tanto a las personas organilleras como a sus instrumentos —muchos de ellos piezas históricas— y garantizar la continuidad del oficio para futuras generaciones.
Tener el título de “patrimonio” no garantiza por sí solo la supervivencia del oficio. Es necesario que el Plan de Salvaguarda se implemente con recursos, apoyo institucional, restauración de instrumentos y acciones de difusión. Sin ello, el reconocimiento podría quedar en lo simbólico.
También deberá atenderse la precariedad económica del gremio: muchos organilleros dependen del donativo espontáneo de transeúntes, lo que los vuelve vulnerables a fluctuaciones en la afluencia de público o cambios en el entorno urbano.
El reto será dignificar su labor como un empleo cultural reconocido, con seguridad social, regulación y apoyo real.
Finalmente, la modernización de la ciudad —urbanización, tráfico, cambios en el uso del espacio público— continúa; por ello, la protección del oficio implica defender espacios de expresión, memoria y patrimonio urbano.
