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Hay victorias que duran 90 minutos y otras que cambian una conversación

COLUMNA

Hay partidos que se recuerdan por el marcador. Otros, porque alteran una idea que parecía inamovible. México contra Croacia en Brasil 2014 pertenece a la segunda categoría.

Más allá del marcador, el partido dejó una reflexión sobre confianza, liderazgo y mentalidad competitiva.
Más allá del marcador, el partido dejó una reflexión sobre confianza, liderazgo y mentalidad competitiva. © RImagen recreada con Dall-E

Hay recuerdos que regresan completos. No importa cuántos años pasen. El calor de Recife. Los dichos del equipo de Croacia. Los minutos avanzando con una tensión insoportable. El reloj acercándose al final. La sensación, demasiado conocida para cualquier aficionado mexicano, de que algo podía salir mal en cualquier momento.

Durante mucho tiempo, ese había sido el verdadero rival de la Selección Mexicana. No Brasil, Argentina o Alemania. Era la expectativa del fracaso.

El miedo a confirmar que, otra vez, el límite estaba exactamente donde todos creían que estaba.

Por eso el 23 de junio de 2014 sigue siendo un partido curioso. Oficialmente fue una victoria 3-1 sobre Croacia que clasificó a México a los octavos de final del Mundial de Brasil. Rafael Márquez abrió el marcador al minuto 72; Andrés Guardado amplió la ventaja tres minutos después y Javier Hernández sentenció el encuentro poco más tarde. Croacia descontó al final, pero el partido ya estaba resuelto.

Lo interesante no fueron únicamente los goles.

Fue el lenguaje corporal.

Hasta entonces, Croacia llegaba con una generación brillante encabezada por Luka Modrić, Ivan Rakitić y Mario Mandžukić. México necesitaba ganar para avanzar; el empate favorecía a los dirigidos por Miguel Herrera, pero cualquier error podía cambiar la historia del grupo.

Y, sin embargo, durante buena parte del partido ocurrió algo inusual. México no pareció sentirse inferior.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo es.

En los negocios ocurre constantemente

Hay empresas que llegan a una negociación convencidas de que la otra parte es demasiado grande. Pymes que asumen que nunca podrán competir con una multinacional.

Equipos que modifican sus decisiones antes siquiera de escuchar la primera pregunta del cliente. Emprendedores que cambian el precio de su producto porque creen que alguien más siempre sabrá más.

No están reaccionando a la realidad. Están reaccionando a una historia que llevan años contándose.

La psicología organizacional lleva décadas estudiando ese fenómeno. Albert Bandura lo llamó autoeficacia: la creencia de que una persona o un equipo tiene la capacidad de ejecutar una tarea influye directamente en la calidad de su desempeño. No garantiza el éxito, pero sí modifica la manera en que se enfrentan los desafíos. Cuando la expectativa cambia, también cambia la conducta.

Las empresas viven algo parecido.

La profesora Amy Edmondson, de la Harvard Business School, ha investigado durante años cómo los equipos con mayor seguridad psicológica toman mejores decisiones porque dedican menos energía a proteger su reputación y más a resolver problemas. Es una diferencia sutil, pero enorme: competir deja de ser un ejercicio de supervivencia y se convierte en un ejercicio de aprendizaje.

Algo parecido ocurrió aquella tarde en Brasil

México no dejó de cometer errores. Croacia tampoco dejó de ser un rival formidable.

Lo que cambió fue la disposición para jugar el partido sin cargar el peso de derrotas imaginarias.

Y esa es una conversación mucho más interesante que el marcador.

La Selección Mexicana enfrentó a una generación croata encabezada por Luka Modrić e Ivan Rakitić | Imagen: Europa Press
La Selección Mexicana enfrentó a una generación croata encabezada por Luka Modrić e Ivan Rakitić | Imagen: Europa Press

Porque las organizaciones también desarrollan memorias colectivas.

  • Una empresa puede convencerse de que “ese mercado nunca funciona”.
  • Una industria completa puede repetir durante años que “aquí eso no vende”.
  • Un país entero puede interiorizar que ciertos objetivos simplemente pertenecen a otros.

Esas narrativas rara vez aparecen en un balance financiero.

Pero terminan influyendo en casi todas las decisiones estratégicas.

Las historias que contamos también compiten

Hay una razón por la que tantas empresas invierten tiempo en definir su propósito, su cultura o sus valores. No se trata únicamente de comunicación interna. Las historias que una organización se cuenta sobre sí misma terminan influyendo en la forma en que interpreta los riesgos, responde a las crisis y aprovecha las oportunidades.

Lo mismo sucede con las personas.

Si alguien está convencido de que siempre llegará tarde a la innovación, probablemente dejará pasar las primeras señales de cambio. Si una empresa cree que el mercado pertenece a otros jugadores, es posible que nunca desarrolle el músculo necesario para competir. Y si un país interioriza que su papel consiste únicamente en resistir, difícilmente construirá una cultura orientada a liderar.

Por eso aquel partido contra Croacia sigue resultando interesante más de una década después.

No porque haya cambiado el destino del futbol mexicano. Basta recordar que unos días más tarde llegó la dolorosa eliminación frente a Países Bajos. La historia deportiva continuó con sus claroscuros, como casi todas las historias humanas.

Lo que permaneció fue otra cosa.

Durante noventa minutos, México dejó de comportarse como un equipo que administraba el miedo y comenzó a actuar como uno que buscaba imponer condiciones.

Esa diferencia puede parecer intangible, pero tiene consecuencias muy concretas.

En innovación ocurre con frecuencia. Los equipos que trabajan bajo una cultura de aprendizaje suelen experimentar más, asumir riesgos calculados y corregir con mayor rapidez. No porque sean más inteligentes, sino porque destinan menos energía a protegerse del error y más a resolver problemas. Amy Edmondson dice que la seguridad psicológica favorece precisamente esos procesos de aprendizaje e innovación dentro de las organizaciones.

Curiosamente, el deporte de alto rendimiento llega a conclusiones similares.

Los grandes equipos rara vez hablan únicamente de talento

Hablan de confianza, preparación, hábitos y de la capacidad para ejecutar bajo presión. El rendimiento termina siendo la consecuencia visible de cientos de decisiones invisibles que ocurrieron mucho antes del silbatazo inicial.

Quizá por eso el marcador de Recife sigue provocando cierta nostalgia.

No porque representara una generación perfecta, ni porque resolviera los problemas estructurales del futbol mexicano. Sino porque, durante un instante, permitió imaginar otra versión de nosotros mismos.

Y las posibilidades importan.

En economía conductual existe un concepto interesante: las expectativas influyen en las decisiones presentes. Cuando una persona percibe que un objetivo es alcanzable, modifica su disposición para invertir tiempo, esfuerzo y recursos en conseguirlo. Esa lógica también aplica para las empresas, los equipos y, en cierta medida, para los países.

Las expectativas no garantizan resultados.

Pero sí determinan cuántas oportunidades estamos dispuestos a perseguir.

Competir también es una decisión cultural

En México solemos admirar las historias de quienes triunfan contra todo pronóstico. Nos gustan los emprendedores que comenzaron en una cochera, las científicas que rompieron barreras o los atletas que desafiaron presupuestos limitados.

Sin embargo, existe una conversación menos frecuente.

¿Cómo construimos organizaciones donde competir deje de sentirse como una excepción?

Porque una cultura de innovación no aparece cuando llega una nueva tecnología. Se forma cuando las personas sienten que pueden proponer una idea sin miedo a ser ridiculizadas, cuando equivocarse forma parte del aprendizaje y cuando el liderazgo transmite que el objetivo no consiste únicamente en evitar errores, sino en generar valor.

Esa conversación atraviesa a las startups, las grandes empresas, las Pymes, las universidades y también a las instituciones públicas.

El triunfo de México sobre Croacia en Brasil 2014 representó mucho más que una clasificación a octavos de final | Imagen: Conmebol
El triunfo de México sobre Croacia en Brasil 2014 representó mucho más que una clasificación a octavos de final | Imagen: Conmebol

Quizá incluso explique por qué algunos ecosistemas innovan de manera constante mientras otros producen talento extraordinario que termina buscando oportunidades en otro lugar.

El futbol, al final, sólo fue el escenario. La verdadera historia siempre fue otra.

Era la posibilidad de comprobar que muchas barreras comienzan siendo narrativas antes de convertirse en estadísticas.

Y eso cambia por completo la pregunta.

Tal vez el reto no consiste únicamente en formar mejores equipos, desarrollar mejores productos o atraer más inversión. Más bien, implica revisar las historias que repetimos todos los días sobre aquello que creemos posible.

Porque las organizaciones, igual que las personas, suelen llegar exactamente hasta el lugar donde imaginan que pueden llegar.

Y, de vez en cuando, basta un partido de futbol para recordarnos que esos límites quizá nunca estuvieron en la cancha.

Inspiración Mundial 2026
autor Periodista web amante de los negocios y los cómics. Martha Violante es maestra por la Universidad Panamericana. Cuenta con una carrera de 17 años en estrategía editorial digital y creación de contenido sobre negocios, innovación y cultura digital en México. Ha entrevistado a figuras de la talla de Randi Zuckerberg, Daniele Lamarre, Zoe Saldana, entre otros. Ha trabajado en medios como Entrepreneur en Español e Inglés, Alto Nivel, Cine PREMIERE, México Desconocido, entre otros.