
Tres de cada 10 jóvenes mexicanos de la Gen Z utilizan inteligencia artificial todos los días o casi a diario y 18% dice relacionarse con ella como con una amiga, según Kaspersky. El fenómeno va más allá de México y abre una nueva discusión para empresas tecnológicas: qué ocurre cuando un chatbot deja de sentirse como una herramienta y comienza a convertirse en confidente.
La inteligencia artificial ya sirve para resumir textos, hacer tareas, encontrar información o preparar un reporte. Para una parte de los jóvenes mexicanos, sin embargo, también está comenzando a cumplir una función bastante distinta: tener con quién hablar.
Un estudio de Kaspersky publicado en agosto de 2026 encontró que 18% de la Generación Z en México afirma utilizar la IA como una “amiga”, ya sea para mantener conversaciones informales o buscar algún tipo de apoyo emocional. Otro 21% recurre a estas herramientas para abordar preguntas o asuntos que preferiría no compartir con otras personas.
El resultado mexicano se ubica por debajo del 22% registrado para Latinoamérica y del 27% obtenido globalmente entre integrantes de esta generación. La investigación fue realizada en marzo de 2026 por el centro interno de investigación de mercados de Kaspersky entre 7,200 personas de 18 países. La metodología pública no desglosa cuántos encuestados correspondieron específicamente a México, por lo que los porcentajes nacionales deben leerse como resultados de esta investigación y no como un censo de todos los jóvenes del país.
El dato importa porque plantea un reto nuevo para empresas que desarrollan inteligencia artificial: cuanto más humana se siente una conversación, más fácil puede ser olvidar que detrás sigue existiendo un servicio digital.
La amistad artificial todavía no es el principal uso de estas herramientas.
En México, 30% de los integrantes de la Gen Z consultados utiliza IA todos los días o casi todos los días. El 58% la emplea para buscar información, 50% para estudiar, 46% para generar ideas y 39% para actividades de trabajo como analizar datos, redactar o preparar informes.
Es decir, la relación comienza principalmente desde la utilidad. El cambio ocurre cuando una interfaz diseñada para responder preguntas también empieza a ser utilizada para conversaciones personales.
Kaspersky encontró que 21% de los jóvenes mexicanos habla con la IA de cosas que preferiría no contar a otras personas.
Eso no significa que 21% esté sustituyendo terapia, amistades o relaciones humanas por un chatbot. El estudio no permite establecer esa conclusión. Sí muestra que las plataformas están entrando a un territorio que tradicionalmente ocupaban personas de confianza.
Y México no es una excepción.
Investigaciones independientes apuntan en la misma dirección, aunque utilizan muestras y metodologías diferentes y, por tanto, sus porcentajes no son directamente comparables.
Pew Research Center encontró a principios de 2026 que 16% de los adolescentes estadounidenses había utilizado chatbots para conversaciones casuales y 12% para recibir apoyo emocional o consejos. En total, 64% dijo haber utilizado algún chatbot de IA.
Otra investigación publicada en JAMA Pediatrics en junio estudió a adolescentes y jóvenes de 12 a 21 años en Estados Unidos. El 19.2% reportó haber utilizado chatbots para obtener consejos relacionados con salud mental durante 2025, frente a una proporción menor un año antes. Más de la mitad de quienes los utilizaban con ese propósito no se lo había contado a nadie.
Los estudios no prueban que la IA esté reemplazando las relaciones humanas. Lo que sí documentan es que el uso conversacional y emocional ha dejado de ser marginal.
Aquí aparece el problema de ciberseguridad.
Según los datos mexicanos de Kaspersky, solo 41% de los jóvenes afirma tomar siempre medidas de protección al utilizar IA, como verificar información en otras fuentes o evitar compartir datos sensibles. Otro 54% lo hace únicamente algunas veces y 5% nunca aplica estas precauciones.
En otras palabras, 59% no mantiene medidas de protección de manera constante.
La diferencia importa porque una conversación que empieza con una pregunta cotidiana puede terminar incluyendo información financiera, documentos, datos personales, conversaciones privadas o información sobre salud.
Para las empresas de IA, esto crea un reto de diseño: una interfaz conversacional funciona precisamente porque reduce la sensación de estar operando software. Pero cuanto más natural resulta la interacción, más importante es que los usuarios comprendan qué están compartiendo, cómo se procesa esa información y cuáles son las configuraciones de privacidad del servicio específico que utilizan.
También abre oportunidades para negocios de ciberseguridad, alfabetización digital, educación y desarrollo de productos que incorporen controles de privacidad comprensibles desde el inicio.
La evidencia todavía está desarrollándose y no permite respuestas simples.
Un estudio publicado el 4 de agosto de 2026 en Nature Human Behaviour analizó a 1,131 adultos estadounidenses que utilizaban Character.AI y, en una parte de la muestra, más de 464,000 mensajes intercambiados con la plataforma. Encontró que las personas con redes sociales más pequeñas tenían mayor probabilidad de utilizar el chatbot principalmente como compañía, y ese uso se asociaba con menor bienestar. La asociación era más fuerte cuando las conversaciones eran intensivas o incluían un elevado nivel de revelación personal.
Eso no demuestra que hablar con una IA provoque menor bienestar. El propio diseño del estudio permite hablar de asociaciones, no establecer que el chatbot sea la causa. Es posible, por ejemplo, que personas con menor bienestar o redes sociales reducidas sean precisamente quienes busquen más compañía digital.
El hallazgo es relevante porque muestra que la pregunta ya no es simplemente si los chatbots pueden parecer humanos. Es qué sucede cuando las personas comienzan a relacionarse con ellos como si lo fueran.
Hasta ahora, buena parte de la competencia en IA se ha concentrado en precisión, velocidad, generación de contenido y productividad.
La adopción emocional introduce otros criterios.
Empresas y desarrolladores tendrán que pensar en privacidad, transparencia, límites de la personalización, respuestas ante situaciones sensibles y riesgo de dependencia, además de las funciones tradicionales del producto.
También existe una oportunidad comercial importante. Una IA capaz de recordar preferencias y conversar de manera natural genera mayor engagement. Pero precisamente esa capacidad aumenta la responsabilidad de evitar que una experiencia cercana se confunda con una relación humana o con asesoría profesional.
Para emprendedores que desarrollan productos sobre modelos de IA, el caso deja una lección: la confianza puede aumentar la adopción, pero una confianza excesiva también puede convertirse en riesgo de producto.
