
Una zanahoria, óxido de zinc y nanotecnología forman la base de un nuevo proyecto mexicano que busca replantear la manera en que algunas personas con piel sensible se protegen de la radiación ultravioleta.
Joanna Conde Audey, estudiante de la Facultad de Ciencias Químicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), desarrolló un protector solar en nanopolvo como parte de su proyecto para obtener el grado de licenciatura en Química Farmacobióloga.
La investigación fue realizada con la asesoría del académico José Albino Moreno y combina nanomateriales de óxido de zinc con betacaroteno extraído de zanahoria, compuesto que fue caracterizado para evaluar sus propiedades fotoprotectoras.
La propuesta se aleja de las presentaciones convencionales en crema, gel o aerosol.
Se trata de un nanopolvo que se absorbe sobre la piel y cuyo objetivo es ofrecer protección contra los rayos ultravioleta durante un periodo prolongado. La BUAP asegura que el producto experimental puede conservar su efecto con una sola aplicación diaria.
El desarrollo incorpora óxido de zinc, un ingrediente utilizado también en protectores solares minerales, junto con betacaroteno obtenido de la zanahoria. La investigación universitaria evaluó este último componente para verificar sus propiedades fotoprotectoras y encontró además actividad antiinflamatoria y antibacteriana, de acuerdo con la institución.
Sin embargo, la BUAP no ha publicado en su comunicación institucional un valor concreto de Factor de Protección Solar (FPS), resultados detallados de resistencia al agua ni un estudio clínico revisado por pares asociado al producto.
Eso impide, por ahora, comparar directamente su desempeño con protectores solares comerciales.
Conde Audey orientó el proyecto hacia personas que pueden experimentar irritación con determinados productos de protección solar.
La BUAP informó que se hicieron pruebas en personas con piel sensible, tez clara y albinismo, sin registrarse irritaciones ni efectos adversos durante la evaluación reportada por la institución.
El medio poblano Espiral Comunicaciones señala además que hubo pruebas en comunidades como Chignahuapan, Puebla, aunque la comunicación oficial de la BUAP no detalla el número de participantes, duración del ensayo ni protocolo empleado.
Por ello, los resultados deben entenderse todavía como parte de un proyecto universitario en desarrollo, no como la validación regulatoria de un medicamento o cosmético listo para venderse.
Esta es probablemente la característica más llamativa del proyecto, pero también la que requiere mayor cautela.
La BUAP señala que el nanopolvo presenta una duración prolongada y que una sola aplicación diaria sería suficiente dentro de las pruebas realizadas.
Eso contrasta con las recomendaciones actuales para productos comerciales. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aconseja reaplicar protector solar al menos cada dos horas, y con mayor frecuencia después de nadar o sudar. La Academia Americana de Dermatología mantiene la misma recomendación.
Por ahora, por tanto, la afirmación de una aplicación diaria debe considerarse una característica experimental del prototipo, no una recomendación general de uso para consumidores.
El proyecto también tiene una vertiente empresarial.
Conde Audey explicó que los resultados obtenidos permitirán utilizar la investigación como base para iniciar una solicitud de registro de patente. Eso significa que el desarrollo todavía se encuentra en una fase previa a una eventual protección de propiedad intelectual.
No se ha anunciado una empresa licenciadora, inversión, precio, fecha de lanzamiento o proceso de fabricación a escala.
Tampoco está confirmado que el producto haya comenzado algún procedimiento regulatorio para su comercialización.
La BUAP describe el nanopolvo como una alternativa “ecológica” y sostiene que no daña el medio ambiente. El argumento se relaciona con el uso de componentes naturales como el betacaroteno y con el diseño de la formulación.
Sin embargo, la información pública disponible no incluye hasta ahora un análisis de ciclo de vida, pruebas de ecotoxicidad marina u otra evaluación ambiental independiente.
Por eso, desde un punto de vista editorial, resulta más preciso hablar de un desarrollo que la BUAP presenta como ecológico, en lugar de asumir que ese impacto ambiental ya está plenamente demostrado.

