
Más de 300 músicos de 12 bandas tradicionales de Oaxaca recorrieron el Centro Histórico y desembocaron en el Zócalo de Ciudad de México para cerrar con música la XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios.
A la calenda se sumaron cerca de 30 integrantes del colectivo Catrinas Regionales, muchas de ellas vestidas con trajes representativos de distintas regiones oaxaqueñas. El grupo acompañó a la Banda Regional Oaxaqueña La Soledad desde su punto de ensayo y posteriormente se incorporó al contingente que avanzó por avenida Hidalgo, Juárez y Madero hasta llegar a la Plaza de la Constitución.
La dimensión del encuentro fue considerable. La Banda Monumental Oaxaqueña (BMO) reunió a músicos provenientes o descendientes de comunidades mixtecas, zapotecas, mixes y chinantecas, según información publicada antes del concierto por La Jornada. La calenda inició alrededor de las 12:40 horas y el concierto estaba programado a partir de las 14:00 horas del domingo 23 de agosto.
Detrás del espectáculo hay además una historia de economía cultural: la presentación cerró 17 días durante los cuales el Zócalo funcionó simultáneamente como escenario, mercado y punto de encuentro para artesanos, cocineras, productores y representantes de comunidades indígenas.
La presentación del 23 de agosto correspondió a la séptima aparición de la Banda Monumental Oaxaqueña en este contexto y estuvo integrada por más de 300 intérpretes.
Fernando Jiménez, coordinador general de la BMO, señaló que aproximadamente 30% de sus integrantes eran mujeres y otro 30% niñas y niños músicos preparados dentro de sus propias agrupaciones comunitarias.
Esto último resulta particularmente relevante porque las bandas tradicionales oaxaqueñas no funcionan únicamente como entretenimiento. En numerosas comunidades, la enseñanza musical es también un mecanismo de transmisión intergeneracional de conocimiento y de continuidad de las estructuras comunitarias.
A la celebración se incorporó Catrinas Regionales, colectivo coordinado por Esmeralda Cortés que, según el comunicado, tiene seis años de existencia y busca difundir vestimentas tradicionales mexicanas mediante presentaciones públicas.
En esta ocasión, parte de sus integrantes vistió indumentaria vinculada con las regiones de Oaxaca, sumando una dimensión visual a la música de las bandas.
El concierto no ocurrió de manera aislada.
La XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de Ciudad de México se desarrolló del 7 al 23 de agosto en el Zócalo, con acceso gratuito y horario general de 10:00 a 21:00 horas.
Durante esos días, el espacio reunió oferta gastronómica y productos como miel, cacao, café, chocolate y dulces tradicionales, además de textiles, alfarería, joyería, orfebrería, carpintería, cestería, talabartería, piezas de barro y vidrio soplado.
Esto convierte a encuentros culturales de este tipo en algo más que una cartelera artística.
Para productores independientes y artesanos, el valor está en tener acceso directo al consumidor en uno de los espacios públicos de mayor tránsito de México. No existen cifras públicas consolidadas de ventas o derrama económica para la edición 2026 en las fuentes consultadas, por lo que no es posible afirmar cuánto dinero generó esta edición.
Sí está confirmado que el propio Gobierno capitalino presentó la feria como un espacio destinado a visibilizar los saberes, lenguas, tradiciones, artes y gastronomía de los pueblos y comunidades que habitan la ciudad.
Para emprendedores, hay otro ángulo: la cultura tradicional también genera cadenas de valor.
Un traje regional implica diseño, bordado, textiles y conocimiento artesanal. Una banda musical necesita instrumentos, formación, organización, transporte y producción. Una feria moviliza cocineras, artesanos, comerciantes, promotores culturales, técnicos y prestadores de servicios.
El fenómeno no es exclusivo de esta fiesta.
Durante julio de 2026, la Secretaría de Cultura federal organizó Oaxaca en Los Pinos, un encuentro que reunió a más de 100 portadoras y portadores culturales con música tradicional, danza, gastronomía, talleres y productores. La dependencia señaló además que, durante 2026, el programa México en Los Pinos había acercado distintas expresiones patrimoniales a más de 82,000 personas.
Ese mismo verano, Oaxaca celebró la edición 94 de la Guelaguetza con más de 140 actividades culturales, artísticas, gastronómicas y deportivas, otra muestra de cómo el patrimonio funciona también como motor de atracción de visitantes y consumo cultural.
La propuesta de Catrinas Regionales se concentra precisamente en transformar la indumentaria tradicional en una experiencia cercana al público.
Esmeralda Cortés explica que el colectivo busca mostrar los trajes mexicanos, describirlos y, en algunas presentaciones, acompañarlos con música. Por eso prioriza eventos donde existe contacto directo con grandes audiencias.
Su participación en la calenda permitió conectar dos expresiones que dependen de la transmisión cultural: la música comunitaria y la indumentaria regional.
Esto plantea también un desafío para proyectos culturales y emprendimientos que trabajan con patrimonio: difundir una tradición sin convertirla únicamente en decoración o mercancía descontextualizada.
La posibilidad de generar ingresos mediante artesanía, moda, gastronomía o espectáculos puede ayudar a sostener conocimientos y oficios, pero su valor depende también de reconocer a las comunidades y personas que los producen.



