
Hay una manera bastante sencilla de perder una venta: decirle al cliente que solo aceptas efectivo.
A Juan Ignacio Rial Hawila le pasa: entra a un comercio, pregunta si puede pagar con tarjeta y, si la respuesta es no, muchas veces simplemente se va.
“Yo habitualmente no manejo efectivo”, explica el Commercial Head de Evertec en México. Para él, esa escena resume un cambio que algunas empresas todavía no terminan de entender: aceptar pagos dejó de ser solamente un costo operativo para convertirse en parte de la experiencia del cliente.
Es fácil olvidar todo lo que ocurre detrás.
Acercamos una tarjeta, insertamos datos en un checkout o utilizamos una billetera digital. Pasan unos segundos. La pantalla dice “aprobado”.
En medio, adquirentes, procesadores, marcas, sistemas de compensación y bancos intercambian información para comprobar que la tarjeta existe, tiene fondos, no está bloqueada y la transacción cumple con las reglas de seguridad.
Evertec opera precisamente en esa parte que normalmente nadie ve.
La compañía procesa más de 11,000 millones de transacciones al año, atiende a más de 2,000 clientes y tiene presencia en 26 mercados de América Latina y el Caribe.
“Seguramente nos han usado o han pasado por nuestros procesos, pero nunca lo supieron”, dice Rial.
Y quizá ahí está la paradoja de la infraestructura de pagos.
Cuando funciona perfectamente, el consumidor ni siquiera debería notarla.
México vive hoy entre dos realidades financieras.
La primera está en el teléfono.
La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 encontró que 69.1% de la población de 18 a 70 años que tiene una cuenta de ahorro formal utiliza una aplicación móvil para consultar información o realizar movimientos. En 2021 era 54.3%.
La segunda realidad aparece al momento de pagar.
En compras superiores a 500 pesos, 67.4% utiliza frecuentemente efectivo, frente a 25.6% que paga con tarjeta de crédito o débito. En Ciudad de México el efectivo baja a 55.2%, pero en la región sur alcanza 82%.
Es decir, digitalizar al consumidor no necesariamente digitaliza al comercio.
Ese desequilibrio es precisamente una de las oportunidades que Rial identifica en México.
Durante los últimos años, agregadores y fintechs redujeron muchas barreras que antes hacían complicado aceptar tarjetas: visitas a sucursales, papelería, revisiones manuales y terminales relativamente costosas. Ahora el proceso de alta puede realizarse en línea y el equipo puede incluso llegar por mensajería o comprarse en retail.
El siguiente paso puede eliminar hasta la terminal.
La tecnología se conoce como Tap on Phone.
En términos simples, permite convertir un smartphone compatible con NFC en un dispositivo para aceptar pagos sin contacto.
El comerciante instala una aplicación, completa el proceso de alta y, cuando llega el cliente, este aproxima su tarjeta, teléfono o dispositivo compatible directamente al celular del vendedor.
No hace falta una terminal tradicional adicional.
“Tu celular es la terminal”, resume Rial.
Evertec ya comercializa en otros mercados soluciones de este tipo mediante Neartopay y describe actualmente dentro de su portafolio herramientas que convierten smartphones o tablets en puntos de venta. Sus soluciones contemplan onboarding digital, monitoreo de transacciones y aceptación sin contacto.
Para una cadena grande, ahorrarse una terminal puede ser conveniente.
Para un emprendedor que vende en bazares, entrega a domicilio, trabaja desde diferentes ubicaciones o nunca tuvo un punto de venta fijo, puede cambiar la ecuación.
La barrera deja de ser comprar infraestructura especializada.
Empieza a ser utilizar un dispositivo que ya está en el bolsillo.
Quitar pasos tiene una consecuencia incómoda.
Cada vez que un pago se vuelve más invisible, la seguridad tiene que trabajar más detrás.
Un consumidor no quiere llenar cinco formularios antes de comprar.
Tampoco quiere descubrir después que alguien utilizó su tarjeta.
“Una cosa es toda esta eliminación de la fricción, pero también debe haber una seguridad para que la transacción sea confiable”, explica Rial.
Ahí aparecen conceptos como tokenización, autenticación, cifrado, monitoreo transaccional y 3D Secure.
Para un pequeño negocio, muchas de estas palabras pueden sonar excesivamente técnicas.
La pregunta empresarial es mucho más sencilla:
¿qué ocurre cuando algo sale mal?
Qué porcentaje de pagos se autoriza. Qué ocurre si el sistema cae. Cómo se identifica una transacción sospechosa. Cuánto tarda una devolución. Qué datos del cliente quedan almacenados.
Rial identifica tres expectativas básicas en temporadas de alto volumen: seguridad, continuidad operativa y una buena experiencia en cada interacción digital.
El usuario no necesita conocer la arquitectura.
Necesita que funcione.
Hasta aquí seguimos hablando de un humano haciendo una compra.
La siguiente etapa puede eliminar también parte de esa interacción.
Rial menciona los pagos agénticos, transacciones donde un agente de inteligencia artificial puede buscar productos y, bajo permisos previamente definidos, ejecutar una compra para el usuario.
“Hoy le puedes preguntar: ‘quiero X producto’”, explica. El siguiente paso es entrenar al agente para que no solamente busque y compare, sino que complete el pago y genere la orden de entrega.
No es ciencia ficción.
En marzo de 2026, Santander y Mastercard anunciaron en Europa una transacción completa ejecutada por un agente de IA dentro de un entorno bancario regulado. El sistema operó con límites y permisos predefinidos.
Tres meses después, Mastercard lanzó Agent Pay for Machines, infraestructura diseñada para permitir transacciones programáticas entre agentes y sistemas.
Rial asegura que Evertec ya realizó pilotos de pagos agénticos con resultados correctos. Esa prueba procede de su declaración en la entrevista y no encontré un reporte público independiente con metodología o resultados detallados, por lo que conviene mantenerla atribuida a la compañía.
La consecuencia para un comercio podría ser enorme.
Hoy diseñamos una tienda para convencer a una persona.
Mañana quizá también tengamos que proporcionar precio, inventario, reputación, políticas de devolución y disponibilidad en formatos que permitan a una máquina decidir si somos la mejor opción.
Que una máquina pueda realizar una compra no significa que debería tener libertad absoluta.
Los pagos agénticos obligan a responder preguntas nuevas.
¿Cuánto puede gastar?
¿En qué categorías?
¿Puede cambiar de marca?
¿Quién responde por una compra equivocada?
¿Cómo sabe el banco que el consumidor realmente autorizó al agente?
La tokenización —que sustituye datos sensibles de pago por credenciales digitales específicas— será parte importante de la respuesta.
Pero la tecnología tendrá que convivir con reglas, permisos y regulación.
México tiene aquí un antecedente importante. La Ley para Regular las Instituciones de Tecnología Financiera fue publicada el 9 de marzo de 2018 y colocó al país como pionero regulatorio de fintech en América Latina.
Rial la describe durante la conversación como “la primera Ley Fintech del mundo”. Esa formulación necesita corregirse: las fuentes oficiales mexicanas hablan de México como un país pionero y a la vanguardia internacional, mientras documentación de la CNBV la identifica específicamente como la primera de la región, no del mundo.
Durante mucho tiempo hablamos de “evangelizar” al usuario para que utilizara pagos digitales.
Rial cree que esa etapa está bastante más avanzada.
“El usuario demanda”, dice.
Quiere pagar rápido.
Quiere hacerlo de manera segura.
Y espera que el comercio no convierta el último paso de la compra en el más difícil.
El verdadero cuello de botella puede estar ahora del otro lado del mostrador.
En lograr que un pequeño negocio pueda aceptar pagos sin comprar infraestructura costosa.
En que una tienda en línea no pierda la venta por un checkout complicado.
En que una plataforma pueda soportar un pico de transacciones sin caerse.
Y, eventualmente, en que un agente de IA pueda pagar por nosotros sin convertir la comodidad en una nueva vulnerabilidad.
La tecnología de pagos suele ser invisible.
La venta que perdemos cuando falla no lo es.
Durante años, el gran reto de los pagos digitales fue convencer a las personas de confiar en ellos.
Ahora el problema empieza a invertirse.
El consumidor ya lleva el banco en el teléfono.
La infraestructura comercial tiene que alcanzarlo.
Eso significa que aceptar pagos no debería verse como el costo molesto que llega después de haber diseñado el producto, abierto la tienda o conseguido al cliente.
Es parte del producto.
Porque un checkout puede ser impecable durante 99% del recorrido y destruir la experiencia en los últimos cinco segundos.
Y la siguiente transformación puede ser todavía más profunda.
Primero dejamos de necesitar efectivo.
Después empezamos a necesitar menos terminales.
Ahora podríamos empezar a dejar que una máquina compre por nosotros.
La pregunta ya no es únicamente cómo queremos pagar.
Será cuánto control estamos dispuestos a ceder para no tener que pensar en el pago en absoluto.
