
El Mundial 2026 llegó a los cuartos de final sin ninguno de sus tres anfitriones. Canadá, México y Estados Unidos quedaron eliminados en octavos, un desenlace que enfría la narrativa local de la Copa del Mundo, aunque no puede leerse igual para las tres selecciones. Para Canadá, el torneo fue una confirmación de crecimiento; para México, una ilusión rota otra vez frente al “quinto partido”; para Estados Unidos, una caída deportiva y reputacional en plena polémica por Folarin Balogun.
La salida de los anfitriones importa porque el Mundial 2026 fue el primero organizado por tres países y el primero con 48 selecciones, una expansión que convirtió a Norteamérica en laboratorio deportivo, comercial y logístico de la FIFA.
La propia FIFA presentó esta edición como la primera Copa del Mundo con tres sedes nacionales y 48 equipos.
De los tres anfitriones, Canadá es el que sale con mejor balance. No solo avanzó de fase; también construyó una narrativa de proyecto. Marsch dijo tras la eliminación que su selección compitió a un nivel que hace diez años no podía imaginar. La frase resume el cambio cultural:
Canadá dejó de llegar al Mundial como participante periférico y empezó a verse como un equipo capaz de competir.
Para Canadá, perder con Marruecos fue un golpe, pero no un derrumbe. Su reto será transformar la emoción mundialista en ecosistema: más aficionados, más inversión, más desarrollo juvenil y una liga local con mayor capacidad de retener atención.
El caso de México es más incómodo. El torneo encendió una ilusión real: victorias, portería en cero, ambiente en el Azteca y una afición que volvió a creer. Pero el desenlace reactivó la pregunta de siempre:
¿Por qué México no logra dar el salto definitivo?
La derrota ante Inglaterra no borra avances. México ganó cuatro partidos seguidos sin recibir gol antes de caer en octavos y que Rafael Márquez recibirá una base revitalizada, con jugadores jóvenes y elementos que recuperaron protagonismo.
Pero para el negocio del futbol mexicano, el golpe es claro. El Mundial en casa era una vitrina para federación, marcas, televisoras, turismo, consumo local y una generación que necesitaba reconciliarse con su público. El Azteca cerró su historia mundialista con 24 partidos disputados entre 1970, 1986 y 2026, además de una derrama simbólica y económica para la zona de Santa Úrsula durante esta edición.
Estados Unidos tenía una presión distinta. Como principal mercado comercial del torneo, con la mayoría de sedes y una liga en expansión, necesitaba que su selección extendiera la fiesta. La goleada 4-1 ante Bélgica cortó esa narrativa.
El problema se agravó por el caso Balogun. Bélgica eliminó a Estados Unidos en un partido marcado por la controversia del delantero, quien pudo jugar pese a que había recibido una roja en la ronda anterior. El caso se volvió más delicado porque Donald Trump reconoció que pidió revisar la sanción, lo que abrió críticas sobre posible interferencia política en decisiones disciplinarias.
Para Estados Unidos, el golpe no es solo quedar fuera. Es perder imagen en el torneo que debía acelerar la adopción masiva del futbol en su mercado. La pregunta inmediata será si Mauricio Pochettino continúa, ya que que su contrato terminaba con la participación mundialista y que la federación le había ofrecido renovar.
Llamarlo fracaso depende del país. Canadá superó expectativas. México mejoró, pero volvió a quedar corto en el momento que más importaba. Estados Unidos fue el golpe más duro por contexto, inversión y ruido político.
Para la industria, el mensaje es más amplio: organizar un Mundial no garantiza competir hasta el final. La localía puede vender boletos, activar turismo, mover marcas y llenar estadios, pero no sustituye procesos deportivos sólidos. El Mundial 2026 todavía puede ser un éxito comercial, pero ya perdió a sus protagonistas locales antes de cuartos.
Con información de EFE.
