
A lo largo de la historia social, las mujeres hemos sido una fuerza constante e indispensable en el tejido social. Nuestro papel ha sido decisivo en la creación y el sostenimiento de programas comunitarios, abarcando desde las estructuras caritativas tradicionales hasta el liderazgo de iniciativas clave en gobiernos, instituciones y organizaciones civiles en la actualidad.
Dicho giro representa más que un avance en equidad: es un potente catalizador de innovación. Las mujeres líderes ya no solo simbolizamos causas; ahora las concebimos, gestionamos su capitalización y determinamos su implementación con un profesionalismo inédito. Esta es la ola de cambio imparable hacia una filantropía de impacto genuino.
Es necesario entender que las iniciativas deben combinar claridad operativa, cercanía con las comunidades y mecanismos que permitan evaluar avances y aprendizajes, para ir más allá del asistencialismo.
La filantropía actual avanza hacia modelos más definidos y colaborativos, impulsados por la demanda de resultados por parte de los donantes. Hoy, quienes contribuyen buscan comprender cómo se implementan los recursos, qué resultados generan y de qué manera los programas responden a necesidades reales.
Esta exigencia ha disparado la necesidad de profesionalización. Como señala un reporte de The Giving Pledge, la nueva generación de filántropos exige una transparencia y trazabilidad similar a la que se utiliza en la inversión de capital.
Por ello, debemos diseñar iniciativas con metas bien planteadas, procesos estandarizados y herramientas de medición que permitan la adaptación y la rendición de cuentas.
Además, debemos trascender la mera entrega de recursos económicos. La participación activa, el acompañamiento continuo, la transferencia de conocimiento y el trabajo cercano con las comunidades son los elementos que dan lugar a proyectos más adaptables, accesibles y perdurables.
Los modelos deben incluir herramientas prácticas de bienestar emocional, acceso a información confiable y la creación de redes de apoyo robustas. Desde esta óptica, la salud mental se concibe como un elemento indispensable del desarrollo social, presente en la toma de decisiones y la estructura comunitaria, y no como un recurso especializado y de difícil acceso.
Un dato crucial de la Organización Mundial de la Salud revela que la inversión en el tratamiento de trastornos mentales genera un retorno de 5 dólares por cada dólar invertido, en mejora de productividad y calidad de vida.
No obstante, la salud mental sigue siendo uno de los componentes con mayor rezago.
Las mujeres dedicadas a la filantropía debemos enfocarnos en la construcción de modelos que puedan sostenerse, adaptarse y replicarse a nivel regional. Nuestra perspectiva tiene que ser clara: posicionar a las mujeres y a las comunidades en el centro del proceso, promoviendo que sean ellas quienes desarrollen, mantengan y amplíen las soluciones. Esta manera de entender el impacto nos coloca, a mí y a mis colegas, como parte de una generación que está transformando la filantropía desde la eficiencia operativa y la creación de bienestar a largo plazo.
