
México enfrenta una transformación en su mercado laboral. No se trata de cuestionar el valor de la educación superior —que sigue siendo un activo fundamental para el desarrollo profesional y económico— sino de entender cómo debe evolucionar para responder a una economía impulsada por inteligencia artificial, datos y automatización. Con apenas 23% de jóvenes adultos con educación superior, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el desafío no es solo ampliar el acceso, sino asegurar que la formación se traduzca en empleabilidad real y productividad.
Desde lo que vemos en Codifin, donde vinculamos talento tecnológico con empresas nacionales y globales, el mercado está enviando señales claras. En nuestros procesos de 2025–2026, el 72% de las vacantes tecnológicas —software, data, cloud, QA o ciberseguridad— se cerró sin que el título universitario fuera un filtro excluyente. Sin embargo, el 100% exigió pruebas técnicas o casos prácticos. En posiciones para equipos globales, el inglés dejó fuera a cerca del 60% de los candidatos antes incluso de revisar su trayectoria académica; es decir, la demanda ya no se basa únicamente en credenciales, sino en capacidad demostrable.
Aunado a ello, se encuentra la especialización, la cual marca una diferencia tangible. Mientras un perfil TI generalista puede ubicarse entre 25 y 35 mil pesos mensuales, un desarrollador especializado en backend, data o cloud alcanza entre 40 y 60 mil. Un Data Engineer o ML Engineer puede llegar a 80 mil pesos, y arquitectos en seguridad o cloud superan los 90 mil. Más del 65% de las nuevas vacantes que gestionamos para clientes globales en México se concentra precisamente en software, data y cloud. La brecha salarial no se explica por “tener carrera”, sino por contar con especialización técnica clara y experiencia aplicada.
De hecho, nuestros datos muestran que un egresado con licenciatura y portafolio real tiene 2.4 veces más probabilidad de avanzar a entrevistas finales que quien solo presenta el título.
Las certificaciones técnicas relevantes elevan en 28% la tasa de avance a oferta.
La ruta con mejores resultados hoy no es elegir entre universidad o habilidades digitales, sino integrar licenciatura, proyectos reales, certificaciones y dominio del inglés.
El punto crítico se encuentra en la transición entre academia y empleo. El 47% de los rechazos técnicos que observamos ocurre porque el candidato no logra resolver ejercicios prácticos; 32% responde a brechas en comunicación profesional e inglés; y 21% a fundamentos técnicos incompletos. La universidad forma en conceptos, pero el mercado exige ejecución en contextos reales: repositorios, metodologías ágiles, documentación, seguridad e integración continua. Ahí se rompe la cadena de productividad.
En términos de empleabilidad medible, en nuestros procesos observamos que 64% de los perfiles técnicos activos logra colocarse en menos de seis meses; en perfiles bilingües con especialización, la cifra asciende a 78%. Cuando la formación está alineada con demanda real, la inserción laboral deja de ser una incertidumbre y se convierte en una consecuencia lógica.
Por eso, en un mercado laboral impulsado por IA, el verdadero filtro no es el título universitario en sí mismo, sino la capacidad demostrable de crear, analizar, automatizar y operar tecnología en contextos reales. Y para los jóvenes que se preguntan qué camino tomar, la respuesta no sería abandonar la universidad ni despreciar la formación formal. Sería entender que el mercado impulsado por IA exige capacidad demostrable de crear, analizar y automatizar tecnología.
Y para México, esto no es solo una conversación educativa. Es una conversación de competitividad, ya que el país dependerá de qué tan rápido logremos transformar educación en capacidades productivas medibles y talento especializado capaz de generar valor en la economía digital.



