
Todo empezó con una idea que parecía más un juego que un plan de vida: venderlo todo y viajar. No había un mapa claro, ni un presupuesto completo, ni una fecha definida. Solo una inquietud compartida: ¿de verdad querían pasar el resto de su vida en una ciudad?
Años después, Renan Bucheli Susarrey y Fernanda Cuéllar viven en un velero recorriendo el Mar de Cortés. Pescan su comida, generan su propia energía y documentan su travesía bajo el proyecto Vela Sin Rumbo. Lo que comenzó como una conversación inspirada en videos de YouTube se convirtió en una decisión radical: cambiar la estabilidad corporativa por una vida nómada en el mar.
El cambio no fue inmediato. Como muchas decisiones importantes, se construyó poco a poco. La idea surgió cuando comenzaron a consumir contenido de viajeros que vivían fuera del esquema tradicional.
“Nos dimos cuenta de que había gente de nuestra edad haciéndolo, que no tenías que ser millonario ni estar retirado”, recuerda Renan.
Ese descubrimiento rompió una de las barreras más importantes: la mental.
El confinamiento fue un detonante clave. La vida en la ciudad comenzó a sentirse más limitada y menos alineada con lo que querían.
Primero dieron un paso intermedio: mudarse a Valle de Bravo. Pero el verdadero cambio llegó cuando tuvieron acceso a un pequeño velero.
“Ahí fue cuando realmente nos empezamos a cuestionar vivir en un barco”, cuenta Fernanda en entrevista con Emprendedor.com.
Durante años planearon, se certificaron como capitanes y estudiaron navegación. Pero cuando apareció el barco ideal, no estaban listos financieramente.
Aun así, decidieron avanzar.
“Las oportunidades no llegan cuando estás listo”, dice Fernanda.
Vendieron bienes, adelantaron ingresos y en cuestión de semanas lograron reunir el dinero.
“Dimos el salto para que las cosas se acomodaran”, explica Renan.
Una de las ideas más extendidas es que vivir en un barco es caro. Su experiencia demuestra lo contrario. Al eliminar renta, servicios y transporte urbano, su gasto base se redujo significativamente.
“No pagamos luz ni agua, generamos energía y producimos agua del mar”, explica Renan.
El consumo se centra en lo esencial: alimentos, conectividad, salud y mantenimiento.
Su modelo económico combina varias fuentes de ingreso:
“Estamos construyendo un proyecto que también nos permita inspirar a otros”, señala Renan.
La historia de Sin Rumbo no es aislada. Según el Digital Nomad Report de MBO Partners, más de 35 millones de personas en el mundo se consideran nómadas digitales, una tendencia que creció tras la pandemia.
En América Latina, este fenómeno se refleja en una generación que busca mayor autonomía laboral y calidad de vida.
El proyecto también forma parte de la llamada creator economy, donde individuos monetizan su contenido.
De acuerdo con Influencer Marketing Hub, esta industria supera los 250 mil millones de dólares a nivel global, impulsada por plataformas digitales y marcas que buscan nuevas formas de conexión con audiencias.
Sin Rumbo se inserta en este modelo, pero con un diferencial: la narrativa de aventura y autenticidad.
La vida en el mar también implica retos complejos: desde conseguir refacciones en zonas remotas hasta enfrentar fallas técnicas críticas.
“Tuvimos que viajar horas para reparar una pieza en un pueblo de 800 habitantes”, relata Renan.
Además, los imprevistos pueden representar gastos importantes. Cuando enfrentaron un gasto fuerte por un accidente en el barco, recurrieron a soluciones poco convencionales. Organizaron rifas, negociaron adelantos con patrocinadores y activaron su comunidad.
“Cuando no tienes el dinero, te vuelves creativo”, resume Renan.
Hoy navegan principalmente en el Mar de Cortés, considerado uno de los ecosistemas marinos más ricos del mundo.
Jacques Cousteau lo llamó “el acuario del mundo”, por su biodiversidad.
“Ver una ballena azul es impresionante, es el animal más grande del planeta”, explica Fernanda.
Uno de sus aprendizajes más importantes ha sido valorar el país desde otra perspectiva.
“Hay extranjeros haciendo esto, pero casi no mexicanos”, señala Renan.
Por eso decidieron explorar a fondo el territorio antes de pensar en rutas internacionales.
Más que transformar quiénes son, el viaje ha intensificado su esencia. “Ha sacado lo más aventurero de mí”, dice Renan. Fernanda, por su parte, habla de disciplina, liderazgo compartido y una nueva forma de observar la vida.
En el mar, el entretenimiento no es digital ni inmediato. Es el entorno.
“Observas el atardecer, los animales, el paisaje… eso se vuelve tu entretenimiento”, explica Fernanda.
Una experiencia que, dicen, es difícil de entender sin vivirla.
Sin Rumbo no es solo un proyecto de contenido. Es una postura frente a la vida.
“Todos tenemos sueños. No importa si son grandes o pequeños”, dice la pareja.
Su mensaje es claro: no se trata de replicar su estilo de vida, sino de cuestionar el propio.
La historia de Renan Bucheli Susarrey y Fernanda Cuéllar no es solo una aventura en el mar. Es un reflejo de una transformación más profunda: la forma en que las nuevas generaciones entienden el trabajo, el éxito y la libertad.
Entre tormentas, ballenas y horizontes abiertos, Sin Rumbo demuestra que hay muchas formas de construir una vida.
Y que, a veces, la ruta más valiosa es la que no estaba planeada.





