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La reforma de las 40 horas no va a salvar a tu empresa. Pero lo que hagas con ella, sí. 

COLUMNA

La reforma de 40 horas obliga a las empresas a replantear cómo miden productividad y liderazgo.

La reforma laboral en tema de vacaciones debe ser aprobada por los diputados.
La reforma laboral en tema de vacaciones debe ser aprobada por los diputados. © Depositphotos.com

El 11 de febrero de 2026, el Senado aprobó por unanimidad la reforma constitucional que reduce la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales. El cambio será gradual: 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y 40 para 2030. Es la primera modificación al artículo 123 en más de un siglo. La conversación que generó ya está dividida en dos campos predecibles: quienes celebran una conquista laboral y quienes advierten un golpe a la productividad. Ambos están mirando la reforma de manera equivocada.

El problema de productividad en México nunca tuvo que ver con las horas. Tiene que ver con que llevamos décadas confundiendo estar ocupado con ser productivo. Según el Compendio de Indicadores de Productividad 2025 de la OCDE, México es el país miembro donde más horas se trabajan al año, con cerca de 2,200 en promedio, frente a 1,730 del resto de la organización. Pero cada hora trabajada en México genera apenas 30 dólares de valor, contra 70 del promedio de la OCDE y 150 de Irlanda.

Trabajamos más y producimos menos. Más tiempo en la oficina no nos hizo más productivos. Solo nos hizo expertos en estar ocupados.

Para quienes dirigen empresas, esto debería ser una señal de alarma más importante que el calendario de implementación. La reforma reduce el tiempo disponible para generar valor. Eso obliga a una pregunta que pocas organizaciones se hacen con honestidad: si mañana tuvieras ocho horas menos a la semana, ¿sabrías exactamente qué actividades eliminar sin afectar resultados?

Si la respuesta es no, tu problema no es la reforma. Es que llevas años midiendo presencia en lugar de impacto.

Muchas organizaciones no premian resultados, premian disponibilidad. En entornos donde el ascenso está asociado a quién responde más rápido, quién se queda más tarde o quién siempre está “conectado”, reducir horas no es solo un ajuste operativo, es una revisión del modelo de liderazgo.

Algo más urgente está sucediendo en paralelo. En 2025, el trabajo independiente alcanzó un récord histórico en México: 16.62 millones de personas optaron por emprender o trabajar por cuenta propia, el número más alto desde que el INEGI mide esta categoría. Más de la mitad de las nuevas plazas de empleo del año fueron independientes.

La Radiografía del Emprendimiento en México 2025, elaborada por la Asociación de Emprendedores de México y EY, encontró que las dos principales razones para iniciar un negocio son la búsqueda de crecimiento personal (29%) y la identificación de una oportunidad (29%). Las personas no están saliendo únicamente por salario. Están saliendo por autonomía, propósito y control sobre su tiempo.

Mientras tanto, en México hay operaciones como call centers y sucursales en diversas industrias que pierden 30% de su equipo cada año y lo consideran normal. Lo presupuestan como costo operativo. Cuando un tercio de tu gente se va anualmente y nadie cuestiona el modelo, no tienes un problema de rotación. Tienes un problema estructural.

Contratar, capacitar y perder a alguien cada 18 meses no solo cuesta dinero. Cuesta conocimiento institucional, relaciones con clientes y energía del equipo que sí se queda. Ese costo casi nunca se calcula con seriedad.

La reforma de las 40 horas obliga a las empresas a enfrentar una pregunta que venían evitando: ¿por qué querría una persona talentosa construir su carrera aquí?

Las organizaciones que van a ganar este momento son las que aprovechen el cambio para hacer visible lo que ya funciona bien y corregir lo que no. En las empresas que han trabajado con disciplina su propuesta de valor al talento y el diseño de su cultura, la conversación sobre horas se vuelve secundaria frente a claridad de resultados. Eso implica al menos tres acciones concretas.

Primero, ser honesto sobre lo que ofreces. ¿Cómo se siente trabajar en tu empresa? ¿Qué puede construir una persona ahí que no podría construir en otro lugar? Si no puedes responder esto con claridad, sin recurrir a frases genéricas sobre “equipo dinámico” o “crecimiento profesional”, tu talento tampoco podrá explicarlo. Y cuando llegue una oferta mejor articulada o la posibilidad de emprender, se irán.

Segundo, dejar de medir presencia y empezar a medir impacto. La reforma va a forzar esta conversación, pero las mejores empresas ya la resolvieron. Cuando reduces las horas disponibles, la pregunta deja de ser “¿estás aquí?” y pasa a ser “¿qué lograste?”.

Países como Dinamarca trabajan alrededor de 1,380 horas al año, casi 37% menos que México, y generan significativamente más valor por hora. No es un tema cultural. Es diseño organizacional.

Tercero, alinear tu cultura con lo que las personas realmente necesitan. He visto equipos que trabajan 60 horas a la semana completamente desconectados. He visto emprendedores con jornadas igual de largas que no cambiarían su ritmo por nada. La diferencia no está en la cantidad de horas. Está en la autonomía, la claridad de propósito y la sensación de estar construyendo algo que vale la pena.

Cuando una empresa ofrece eso dentro de una estructura formal, deja de perder talento por las horas. Lo pierde solo si deja de evolucionar.

La reforma de la jornada laboral no va a destruir empresas ni a salvar colaboradores por decreto. Pero sí reduce el margen de improvisación. Obliga a decidir qué genera valor y qué es simplemente inercia organizacional.

Las personas quieren trabajar en lugares que respeten su tiempo, que les permitan crecer y que ofrezcan algo más que un sueldo. La competitividad ya no se juega en costos o en horas trabajadas. Se juega en si puedes darle a tu gente una razón para quedarse.

La reforma no cambia la productividad por decreto. Cambia el margen de error. Y ese margen ya era pequeño.

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autor Kristien Turner es CEO y fundador de TK Talent Group, firma de consultoría en talento, cultura organizacional y marca empleadora con sede en Ciudad de México y oficinas en Miami, Los Ángeles, Londres y Buenos Aires. Ejecutivo británico bilingüe y psicólogo organizacional por Harvard, ha dedicado más de 20 años a ayudar a organizaciones a alinear lo que prometen con lo que las personas realmente experimentan.