
¿Qué sería de un empresario sin una presentación o un discurso para convencer a un inversionista? Alguien con una idea, nada más. Sin embargo, abundan ideas buenas o, incluso, geniales, pero cuando la idea se presenta a los inversores es cuando tiene posibilidades de hacerse realidad. Las presentaciones pueden hacerse en casi cualquier lugar, como un escenario, un ascensor, tomando un café, a través de la pantalla o por correo electrónico, y, para un emprendedor, suele ser la única oportunidad de despertar la curiosidad de un inversor.
A menudo se piensa erróneamente que el pitching consiste en limitarse a presentar ideas y pedir inversión. En realidad, su principal objetivo —o de cualquier presentación, por ejemplo, de una idea para una película o un libro— es conseguir que el inversor, o de quien se necesite el apoyo, tenga interés por saber más y empiece a formular preguntas. Esto no es tan fácil como parece, sino que requiere planificación, creatividad, claridad, confianza y, por supuesto, ciertas habilidades.
Tras diez años trabajando con muchos inversores, he aprendido que, en última instancia, todo se reduce a las sensaciones que les transmitan los fundadores de la empresa. Obviamente, la decisión de invertir pasa por un exhaustivo análisis empresarial y financiero, pero en las primeras fases de las empresas emergentes o startups obedece a una combinación de razón y corazón.
De hecho, cuando estas empresas dan sus primeros pasos, las inversiones son como palos de ciego. Personalmente, cuando apuesto por un proyecto, lo hago a sabiendas que es posible que nunca recupere el dinero. Entonces, ¿por qué arriesgarse? Porque, si lo recupero, espero que sea multiplicado por una cifra significativa.
Cuando un emprendedor presenta su proyecto, no importa su experiencia ni las empresas que haya creado, está pidiéndole al inversor un voto de confianza, y para lograrlo hay que apuntar a su inteligencia y a sus emociones.
En las exposiciones de startups, sobre todo en las de emprendedores primerizos, he observado que se olvida lo más básico, que los inversores son seres humanos. No todos son iguales y, como cualquiera, tienen sus días buenos y sus días malos, su propio bagaje y opiniones como consumidores, padres o madres, turistas, aficionados a la cocina, al deporte, etcétera. Todo ello puede influir —para bien y para mal— en su opinión, de forma que la presentación debe prepararse de forma que solo apele a las ideas y experiencias personales del inversor en determinados momentos.
Así pues, los emprendedores deben crear un equilibrio que los conecte, a ellos y a sus mensajes, con la forma de pensar y sentir del inversor. En esencia, debe captar, en distintos momentos, hacia dónde van los pensamientos y las emociones del inversor. A esto lo denomino «método razón-corazón».
El método razón-corazón puede utilizarse como complemento de los elementos básicos de cualquier presentación a un inversor y para que se interesen por una idea y despierte su curiosidad lo suficiente para querer saber más. Las siguientes recomendaciones sirven para una presentación tradicional con diapositivas, pero puede aplicarse a algo tan breve y estrictamente verbal como un elevator-pitch.
Consigue que el inversor sienta lo que tú quieres que sienta. Toma en cuenta los siguientes puntos.
Apela a los conocimientos y la experiencia del inversor.
Ten confianza y gánate la suya.
A caballo entre los datos concretos y la pasión.
Presenta los últimos detalles a los inversores.
Concluye la presentación de forma emocional.
Huelga decir que todo esto requiere práctica. En realidad, el mero hecho de ponerse delante de un grupo de inversores ya es difícil y angustioso, pero la capacidad de saber cuándo hay que apuntar a la mente o el corazón es una habilidad que eleva el atractivo de una propuesta de negocio y, en definitiva, las posibilidades de que llegue a buen puerto. El objetivo es hacer una exposición convincente, lógica y emotiva que, además de exponer una buena oportunidad para el inversor, despierte su curiosidad por conocer al equipo que luchará por su idea pese a las dificultades que siembran el camino del emprendedor.




