
Una buena iniciativa social puede transformar una escuela. El reto aparece cuando se intenta llevar esa experiencia a cientos o miles de docentes sin convertirla simplemente en otro curso de capacitación. Ese es el problema que Ashoka México, Centroamérica y el Caribe quiere abordar mediante su Comunidad Colíder en Niñez y Juventud.
Del 28 al 30 de octubre de 2026, la organización realizará en San Pancho, Nayarit, el Encuentro de Agentes de Cambio, junto con Entre Amigos A.C. y con el apoyo de Fundación MetLife.
El elemento más interesante de la estrategia está en cómo ha evolucionado.
El comunicado reporta que, desde 2022, la alianza entre Ashoka y Fundación MetLife ha identificado a más de 20 jóvenes agentes de cambio, reunido a 50 actores educativos y sociales y trabajado con iniciativas vinculadas con las secretarías de Educación de Nuevo León, Jalisco y Estado de México, que han involucrado a más de 1,500 directivos y más de 26,000 docentes.
Esas cifras corresponden al balance de la alianza y no a una evaluación externa de impacto. Sin embargo, documentos públicos de Ashoka sí permiten observar parte de la estructura que las sostiene.
Su directorio de la Comunidad Colíder incluye, entre otros actores, a Fundación MetLife, la Secretaría de Educación Jalisco, la Secretaría de Educación de Nuevo León y la Subsecretaría de Educación Media Superior del Estado de México.
El cambio de escala es relevante: ya no se trata únicamente de identificar jóvenes con proyectos interesantes, sino de intentar modificar las condiciones educativas que permiten que más estudiantes desarrollen iniciativa propia.
El término puede sonar abstracto, pero Ashoka utiliza criterios relativamente concretos.
En su Reporte de Impacto 2025, la organización documentó el programa Jóvenes que Transforman, desarrollado con Fundación MetLife. De 77 postulaciones, validó 40, entrevistó a 18, seleccionó 10 finalistas y reconoció a ocho jóvenes de entre 13 y 19 años procedentes de seis estados. Sus proyectos abordaban temas como equidad de género, diversidad, ciencia, energía, educación emprendedora y construcción de paz.
El proceso priorizó habilidades como empatía, colaboración, liderazgo compartido y creatividad para resolver problemas.
El enfoque coincide con tendencias más amplias en educación.
UNESCO lanzó este año una convocatoria regional para identificar buenas prácticas de aprendizaje socioemocional en escuelas de América Latina y el Caribe, con especial atención a empatía, autorregulación, colaboración, convivencia y toma responsable de decisiones.
La SEP, junto con UNICEF, también mantiene materiales específicos para trabajar empatía, comunicación, cooperación y creatividad en el aula. En ellos define la creatividad como la capacidad de generar y aplicar ideas innovadoras para solucionar retos y vincula la cooperación con comunicación, empatía y resolución de conflictos.
Desde un punto de vista empresarial y de impacto social, trabajar con docentes tiene una lógica clara: un educador puede influir sobre varias generaciones de estudiantes.
Por eso, el dato de 26,000 docentes involucrados resulta más relevante que el número de jóvenes reconocidos individualmente. Si una metodología logra incorporarse a prácticas escolares, puede extenderse sin que una organización social tenga que intervenir directamente con cada estudiante.
Ashoka describe precisamente este cambio en su reporte de 2025. Su Comunidad Colíder pasó, según la organización, de colaboraciones dispersas a una agenda común con responsabilidades más definidas, mientras sus rutas formativas buscaban que docentes y líderes educativos trasladaran la empatía hacia acciones colectivas dentro de escuelas y territorios.
Eso también explica la estructura del encuentro en Nayarit. El programa no se limita a conferencias: incluye talleres de educación para la sostenibilidad, creatividad, participación significativa de juventudes, bienestar relacional y metodologías pedagógicas.
La participación de Fundación MetLife representa otra tendencia.
Su misión declarada en México incluye salud financiera, empoderamiento económico y desarrollo de comunidades resilientes, con prioridad para mujeres, jóvenes y pequeños negocios.
En el caso de Ashoka, el dinero corporativo no se dirige únicamente a una beca o un proyecto específico. Financia una red donde participan organizaciones civiles, universidades, instituciones educativas y autoridades públicas.
Ese modelo busca generar un ecosistema: actores distintos que comparten metodologías, contactos y capacidades.
Para empresas que diseñan programas de responsabilidad social, la diferencia es importante. Financiar cien beneficiarios puede producir una métrica sencilla. Cambiar prácticas dentro de instituciones educativas es mucho más difícil de medir, pero potencialmente puede generar efectos más duraderos.
El lugar elegido también tiene significado.
Ashoka describe a San Pancho como una comunidad con proyectos educativos, sociales y ambientales activos. Durante el encuentro habrá recorridos de impacto, conversaciones con organizaciones locales e incluso actividades de sostenibilidad vinculadas con la propia comunidad.
La intención es evitar que el encuentro funcione únicamente como un congreso donde expertos llegan, hablan y se van.
El reto será medir qué ocurre después.
Reconocer docentes y reunir organizaciones puede generar conexiones, pero demostrar impacto requiere observar si las prácticas adoptadas cambian realmente las experiencias de los estudiantes, si continúan después del financiamiento inicial y si las instituciones públicas las incorporan de manera sostenible.
Ahí estará la verdadera prueba de escala de esta alianza.

