
Se puede matar un negocio con un berrinche. No es metáfora. Es literal. Hoy basta un video de unos minutos, una actitud arrogante o una incongruencia captada en redes sociales para destruir en horas lo que tomó años construir. La reputación dejó de ser un activo controlable desde la oficina: ahora vive en la calle, en el gimnasio, en un comentario y en cualquier celular encendido. Y aunque durante años nos dijeron lo contrario, la realidad es contundente: la mala publicidad sí existe… y puede ser el principio del fin.
Lo que vimos recientemente con el caso de Roke Toke Shop en el gimnasio Sports World Altavista no es un hecho aislado: es la nueva normalidad.
Un altercado dentro del gimnasio —que comenzó por un reclamo sobre el consumo de sustancias— escaló a amenazas y agresión física. El momento fue grabado, difundido y en cuestión de horas acumuló millones de vistas.
@fercho11prime pelon agresivo en gym sports world Altavista parte 2 roke toke #pelonagresivo ♬ sonido original – ToySoldier01
Pero lo más relevante vino después: usuarios en redes identificaron a los agresores, vincularon sus perfiles y descubrieron que estaban detrás de un negocio relacionado con productos cannábicos. A partir de ahí, ocurrió lo inevitable: la conversación dejó de ser sobre el pleito… y se convirtió en una cancelación pública de su marca.
El patrón se repite: un negocio que nadie conocía se vuelve viral, pero no por su propuesta de valor, sino por el comportamiento de sus dueños.
En el caso de Roke Toke Shop, la reacción digital fue inmediata: usuarios invadieron sus redes sociales, cuestionaron su ética y comenzaron a construir una narrativa colectiva negativa alrededor de la marca.
No hubo tiempo para estrategia. No hubo control de daños.
La reputación ya estaba rota.
Algo similar ocurrió con el caso de los esquites de 230 pesos.
El chef Javier García intentó promocionar su restaurante Mesa Criolla comparándo esquites callejeros, a los que calificó como “gachos” y “con mal olor” con su propia versión gourmet.
Lo que buscaba ser marketing aspiracional terminó convertido en una crisis de reputación. La conversación se volvió emocional: usuarios defendieron la comida callejera, acusaron clasismo y llevaron el ataque directamente a las redes del restaurante.
El resultado: el chef tuvo que borrar el video y salir a disculparse públicamente.
El producto no era el problema. El mensaje —y lo que representaba— sí.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más frecuente.
Casos como el del Taller de Ostiones by FISM — donde se vio a empleados con actitudes soberbias— muestran un patrón claro: cuando el consumidor percibe abuso, burla o desconexión con la realidad, la reacción no es indiferencia, es castigo.
Y ese castigo ya no es silencioso: es público, viral y colectivo.
Antes podías decir: “eso fue personal, no tiene que ver con la empresa”.
Hoy eso ya no existe.
El caso de Sports World lo deja claro: el comportamiento de una persona fuera de su negocio fue suficiente para impactar directamente en la percepción de su marca.
Porque hoy el consumidor no compra solo productos; compra valores, posturas y congruencia.
Aquí es donde muchos emprendedores se equivocan.
Creen que el riesgo está en el producto, en el marketing o en la competencia. Pero no: el mayor riesgo hoy está en la incongruencia.
Puedes tener la mejor estrategia, el mejor branding y el mejor pitch, pero si el comportamiento que respalda tu marca es negativo, todo se derrumba.
Y no hay campaña que lo arregle.
La lección es incómoda, pero clara: La reputación ya no se construye en PowerPoint.
Se construye en cada interacción.
¿Qué implica esto para un emprendedor?
Porque probablemente alguien sí está grabando.
Hoy no necesitas una mala estrategia para fracasar. Ni siquiera necesitas un mal producto.
Basta un mal momento.
Un berrinche.
Una mala decisión.
Porque en la era digital, la reputación no se pierde poco a poco: se destruye de golpe.
Y sí: la mala publicidad existe.
Y cada vez, cobra más caro.

