
El empresario y biohacker estadounidense Bryan Johnson llevó su cruzada contra el envejecimiento a un nuevo nivel. Tras inyectarse la sangre de su hijo para buscar ‘la eterna juventud’, ahora transmitió en vivo su consumo de una alta dosis de psilocibina, el compuesto activo de los hongos alucinógenos o ‘mágicos’.
Este experimento forma parte de su proyecto Blueprint, con el que busca alcanzar la llamada ‘longevity escape velocity’ (velocidad de escape de la longevidad). Se trata de un punto teórico en que el avance médico permitiría extender la vida más rápido de lo que el cuerpo envejece.
El evento se difundió en la red social X y otras plataformas, y fue seguido por más de un millón de personas. Durante más de cinco horas, el empresario de 48 años ingirió 5.24 gramos de psilocibina, una dosis considerada elevada, explican desde TechCrunch. Mientras tanto, su equipo recolectaba información de unos 249 biomarcadores antes, durante y después de la experiencia.
El experimento, musicalizado en vivo por Grimes, combinó neurotecnología, comentarios de figuras clave de Silicon Valley. La experiencia de Bryan Johnson se parecía más a un lanzamiento corporativo que a una típica sesión psicodélica.
Johnson explicó que este enfoque responde a su filosofía del “N=1”, en la que experimenta consigo mismo algunos protocolos que después documenta públicamente. El eje central del livestream fue la recolección de datos biométricos durante un estado psicodélico inducido, presentado como uno de los experimentos más cuantificados de este tipo.
La escenografía, con gráficos corporativos, métricas en pantalla y un ambiente clínico, contrastó con la tradición contracultural asociada históricamente a los psicodélicos.
Su socia, Kate Tolo, midió su temperatura corporal y otros indicadores fisiológicos, tomó muestras de saliva y midió tiempos de reacción. El elemento central fue un casco negro de la empresa Kernel, fundada por el propio Johnson, que cuesta $50,000 dólares y mide los niveles de oxígeno en el cerebro como indicador de actividad neuronal.
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El empresario consumió exactamente 5.24 gramos de hongos Psilocybe cubensis, una cantidad que en el mundo de la psicodelia se considera una dosis “heroica” o muy intensa. El ritual previo al viaje se parecía más a un chequeo médico que a una ceremonia espiritual.
Poco después de beber la psilocibina mezclada con jugo, una animación de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ cubrió el rostro de Brian Johnson por razones legales. Los efectos del hongo llegaron más o menos media hora después.
Mientras jugaba con un resorte, Johnson declaró sentir “mucho más amor, mucha más compasión inmediatamente” y que “todo está vivo”, según recoge Bussiness Insider. Luego, se recostó para descansar con una manta pesada y un antifaz.
El livestream estuvo acompañado por una constelación de figuras influyentes del ecosistema tecnológico y financiero. La artista Grimes aportó un DJ set para ambientar ‘el viaje’, mientras otros empresarios y comentaristas acompañaron la transmisión en remoto.
Marc Benioff, CEO de Salesforce, comparó la experiencia de Johnson con el relato bíblico de la escalera de Jacob, sugiriendo que el biohacker buscaba un puente entre lo humano y lo trascendente. “Creo que lo que Bryan intenta es encontrar ese vínculo. No creo que haga esto con fines recreativos”, dijo el empresario.
El inversionista Naval Ravikant fue más directo al describir a Johnson como “un FDA de una sola persona”, en referencia a su disposición a experimentar en sí mismo sin esperar la aprobación de reguladores. “Debería haber mil Bryans, diez mil Bryans haciendo esto”, afirmó Ravikant, esperando que el Johnson “sobreviva mucho tiempo y luego nos dé los códigos de truco”.
El experimento de Johnson evidenció un cambio cultural en el uso de los psicodélicos, alejándose de los movimientos espirituales y artísticos de los años sesenta encabezados por figuras como Timothy Leary. Mientras aquella generación buscaba expansión de la conciencia colectiva, el enfoque actual de ciertos sectores tecnológicos privilegia la optimización individual y la extensión de la vida.
Pese al entusiasmo de los magnates, la comunidad científica especializada ve el experimento con profundo escepticismo. Aunque la psilocibina muestra resultados prometedores en ensayos clínicos para la depresión y adicciones, no existe ninguna evidencia de que revierta el envejecimiento biológico o modifique los marcadores epigenéticos.
Bioeticistas y científicos subrayan que los efectos indirectos, como la reducción del estrés o mejoras conductuales, podrían influir de manera secundaria en la salud a largo plazo, pero no equivalen a detener el envejecimiento. Además, alertan del peligro de normalizar una dosis tan alta sin la supervisión médica adecuada.
Expertos como Rayyan Zafar, del Imperial College de Londres, señalan que un experimento en vivo, sin grupo de control, sin revisión ética y con el sujeto consciente de ser observado, tiene poco valor científico. “Esta configuración habla más del enriquecimiento del ego que de la disolución del ego”, comentó Zafar.
En ese contexto, el experimento fue descrito por críticos como ‘un diario de datos personal’ más que como investigación científica formal.
Al final, el livestream logró convertir una experiencia íntima en un fenómeno público, dejando abierta la pregunta sobre si impulsará el avance científico o quedará como un hito más del biohacking convertido en espectáculo.

