
México se consolidó como líder regional en consumo de ropa de segunda mano: 52% de los consumidores compra prendas vintage o usadas, por encima del promedio de América Latina y del mundo. Detrás del dato hay algo más profundo que una búsqueda de precios bajos: una mezcla de ahorro, identidad, sostenibilidad, plataformas digitales y una nueva relación con las marcas.
México se colocó como líder regional en consumo de ropa de segunda mano: 52% de los consumidores compra prendas vintage o usadas, por encima del promedio de América Latina, de 42%, y del promedio global, de 38%, de acuerdo con datos de McCann México citados por La Jornada. La cifra confirma que el second hand dejó de ser una práctica asociada solo al ahorro o a mercados informales para convertirse en una categoría con peso cultural, comercial y digital.
El dato es relevante porque muestra un cambio de percepción. Durante años, comprar ropa usada en México estuvo ligado a tianguis, pacas, bazares o compras de bajo presupuesto. Hoy, el fenómeno se mueve también en marketplaces, tiendas curadas, cuentas de Instagram, pop-ups vintage y plataformas especializadas. La ropa de segunda mano ya no se compra únicamente porque cuesta menos: también porque permite acceder a piezas únicas, construir estilo propio y participar en una conversación de consumo más consciente.
Aquí está uno de los cambios más importantes para marcas y emprendedores: la compra de ropa usada ya no representa necesariamente una pérdida de aspiracionalidad. Al contrario, para una parte de la Gen Z y los millennials, encontrar una prenda vintage, revender una pieza o armar un clóset circular puede comunicar criterio, creatividad y postura frente al consumo masivo. La prenda deja de competir solo por precio y empieza a competir por historia, rareza, curaduría y autenticidad.
Aunque el discurso de sostenibilidad pesa cada vez más, el bolsillo sigue siendo un detonador central. En un entorno de inflación acumulada, menor poder adquisitivo para muchos hogares y mayor sensibilidad al precio, la segunda mano aparece como una forma de estirar el presupuesto sin renunciar por completo al consumo de moda. Esto explica por qué el fenómeno crece tanto en canales populares como en plataformas digitales con experiencia más sofisticada.
La lógica es sencilla: una chamarra, un vestido o unos tenis pueden tener una segunda vida comercial si conservan calidad, marca o diseño.
Para el comprador, la propuesta es acceder a mejores piezas por menos dinero; para el vendedor, convertir ropa inmóvil en ingreso; y para las plataformas, profesionalizar una categoría que históricamente vivía dispersa entre bazares, tianguis y grupos de redes sociales.
El crecimiento de la segunda mano no puede entenderse sin la digitalización del consumo. La AMVO reportó que el valor del mercado online retail en México alcanzó 789,700 millones de pesos en 2024, con crecimiento nominal de 20% anual, y que el canal online ya representa 14.8% de las ventas totales del comercio minorista. Aunque el propio estudio aclara que sus cifras no incluyen segunda mano ni comercio informal, sí muestra el piso digital sobre el que pueden crecer las plataformas de reventa.
La moda, además, sigue siendo una categoría con alta intención de compra en línea. AMVO y NIQ señalaron que más de 50% de los compradores digitales planeó adquirir ropa, calzado o accesorios durante HOT Fashion 2024, por encima de belleza y electrónicos. Para el second hand, esto abre una oportunidad clara: si el consumidor ya está dispuesto a comprar moda en línea, el reto es reducir fricciones como dudas de talla, estado de la prenda, autenticidad, devoluciones y confianza entre particulares.
Si México ya lidera regionalmente en consumo de ropa de segunda mano, la siguiente pregunta es si podrá liderar también en profesionalización. El país tiene ingredientes potentes: una cultura histórica de tianguis y reuso, una población joven que adopta tendencias digitales, presión económica que incentiva la búsqueda de valor, y un ecosistema de comercio electrónico que ya educó al consumidor en compras móviles.
El escenario más probable es una convivencia de modelos: tianguis y bazares seguirán siendo relevantes, pero crecerán plataformas digitales, tiendas curadas, eventos pop-up y modelos híbridos donde la experiencia física ayude a generar confianza y la tecnología facilite escala. Las marcas que entiendan este cambio podrán participar sin destruir el valor del mercado nuevo; las que lo ignoren podrían perder relevancia frente a consumidores que ya no ven el clóset como una colección cerrada, sino como un activo que rota, se comparte, se vende y se resignifica.

