
La mayoría hemos caído, consciente o inconscientemente, en la trampa de vivir para ser vistos, admirados y validados. Es una realidad incómoda que rara vez aceptamos: proteger esa “persona de estatus” que hemos construido es un trabajo que consume nuestra energía, devora nuestra paz y nos mantiene atrapados en una constante ansiedad. Pero ¿qué tan lejos estás dispuesto a llegar para proteger algo que en el fondo sabes que no eres?
No es fácil reconocerlo, pero muchos pasamos buena parte de nuestra vida alimentando un ego que no representa nuestra esencia. Imagina esto: trabajas hasta altas horas de la noche, no porque busques crecer, sino para demostrarle a los demás que eres indispensable. Publicas fotos de tus logros en redes sociales, no porque estés orgulloso, sino porque quieres que otros te vean como exitoso. ¿Te suena familiar?
La “persona de estatus” es esa máscara que usamos para proyectar poder y seguridad. Nos vestimos de forma que impresione, gastamos en objetos que hablen por nosotros y, en el proceso, nos desgastamos tratando de sostener una imagen que apenas reconocemos. Pero ¿qué tan agotador es esto?
Te invito a responder sinceramente:
Cada una de estas preguntas tiene una raíz común: el miedo a que se derrumbe la fachada. Defender la “persona de estatus” genera un desgaste invisible, que erosiona la salud emocional y nos sumerge en un estado de alerta constante. La ansiedad se vuelve un compañero silencioso, y la satisfacción real parece siempre fuera de alcance.
Proteger esa fachada conlleva un precio alto: el tiempo y la energía que podríamos dedicar a conocernos, crecer y vivir auténticamente se invierten en una defensa constante. La mente se convierte en un campo de batalla, donde la crítica interna y la necesidad de validación luchan por el control. Esto genera una espiral de ansiedad y agotamiento que, sin darnos cuenta, nos va destruyendo.
A principios de mi carrera, también caí en esta trampa. A los 25 años, recién estrenado en mi primer puesto de gerencia, todo lo que hacía estaba guiado por la necesidad de demostrar que había “llegado”. Cada decisión que tomaba, desde el auto que manejaba hasta los lugares donde pasaba mis fines de semana, respondía a una sola motivación: mantener la apariencia de éxito.
Por fuera, todo parecía bien, pero internamente me sentía desconectado y vacío. Ese vacío era mi verdadera realidad, y lo único que hacía era alimentar mi ego, fortaleciéndolo para esconder mis inseguridades. Sin embargo, un día, un profesor de mi maestría me preguntó: “¿Por qué estás aquí realmente?” Mi respuesta automática fue una mezcla de justificaciones y ambiciones infladas. Él simplemente replicó: “El ego es solo la defensa de tus inseguridades. Cuanto más lo alimentas, más te alejas de tu verdadero yo”.
Esa afirmación me hizo ver lo que tanto tiempo había evitado: estaba desgastando mi vida para proteger una ilusión.
Superar la necesidad de defender la “persona de estatus” no es sencillo, pero es posible. Y la solución comienza con un primer paso: la conciencia. No puedes cambiar lo que no reconoces. Una vez que aceptas que el desgaste proviene de esa constante defensa del ego, puedes empezar a trabajar en tu verdadero yo.
La autenticidad no es un destino fácil, pero es el único camino que nos lleva a una vida libre de las ataduras de la apariencia. Liderar desde tu esencia y no desde tu ego transforma no solo tu vida, sino también la de quienes te rodean. En resumen: “no necesitas un ego grande, necesitas un verdadero yo fuerte”. ¿Qué opinas? ¡Hasta la próxima!

