
Vivimos en una era en la que confundir lo real con lo fabricado es cada vez más sencillo: gracias a herramientas de inteligencia artificial, videos e imágenes pueden ahora generarse o manipularse con tal nivel de realismo que engañar al ojo humano resulta cada vez más común. Ante ese panorama, aprender a identificar señales de que una imagen o video pudieran haber sido creadas o alteradas por IA es una habilidad cada vez más imprescindible para navegar la información con criterio.
Los llamados deepfakes son piezas audiovisuales —imágenes, videos o audios— que han sido creadas o modificadas mediante técnicas de inteligencia artificial para parecer reales.
En el caso de imágenes o videos, los generadores de IA utilizan arquitecturas como redes adversarias generativas (GAN, por sus siglas en inglés) que “aprenden” de grandes cantidades de datos para producir rostros, movimientos, texturas o escenas que imitan la realidad.
El problema es que hoy por hoy ya no se trata únicamente de trucos de bajo nivel (manos con seis dedos, parpadeos extraños). Hoy vemos de manipulaciones cada vez más pulidas que pueden confundirse fácilmente con contenido legítimo.
Es clave saber cómo se producen, qué señales pueden dejar y qué herramientas y hábitos debemos adoptar ante la manipulación.
Aún hoy los generadores de IA cometen errores que pueden servir como pistas. Por ejemplo, imágenes donde las manos tienen dedos de más o deformes, dientes borrosos en video, sombras incoherentes o textos que parecen ilegibles.
En videos, se recomienda observar la sincronización entre labios y audio: si el movimiento de la boca no coincide con lo que se oye, puede tratarse de manipulación.
Asimismo, los generadores a veces presentan un efecto de “piel demasiado pulida”, fondo borroso o iluminación que no se ajusta al entorno —detalles que pueden parecer sutiles pero dan pistas.
Más allá de lo visual, resulta crucial evaluar el origen: ¿quién publicó el contenido primero? ¿Se ha compartido en múltiples fuentes? Verificar con búsquedas inversas de imagen o video puede ayudar a rastrear su uso previo.
También revisar los metadatos (fecha de creación, dispositivo, ubicación) puede indicar inconsistencias:
si una imagen dice haber sido creada en un momento que no concuerda con lo que muestra, es un indicio de manipulación.
Por último, el contexto importa: si el contenido presenta un hecho impactante sin fuente confiable o aparece fuera del marco habitual de ese tipo de información, es prudente dudar antes de compartirlo.
Existen herramientas desarrolladas para detectar contenido generado por IA o manipulado, mediante análisis de patrones, inconsistencias en píxeles, flujo sanguíneo en video, profundidad o artefactos invisibles al ojo humano.
Por ejemplo, un estudio reciente menciona que algoritmos de detección pueden alcanzar una marcada precisión pero tienen limitaciones cuando se enfrentan a nuevos métodos de generación que no estaban en sus bases de entrenamiento.
Además, como señala un artículo de análisis, “la falsa imagen de fiabilidad es peor que baja fiabilidad”: confiar ciegamente en una herramienta de detección puede dar una seguridad falsa.
Por tanto, la mejor estrategia combina herramientas automáticas + revisión humana crítica, y no pensar que basta un solo clic para confirmar autenticidad.
Porque el riesgo va más allá de una simple ilusión visual. Los medios sintéticos pueden utilizarse para engaño político, fraude financiero, manipulación social, suplantación de identidad o escarnio público.
La proliferación de contenido generado por IA implica que los algoritmos de confianza y los sistemas tradicionales de verificación están siendo desafiados —y si no desarrollamos habilidades para discernir, podemos convertirnos en vectores de desinformación sin darnos cuenta.
Asimismo, los creadores y plataformas enfrentan responsabilidades nuevas: ¿deben etiquetar o marcar claramente cuándo un contenido ha sido generado por IA? Los marcos regulatorios apenas comienzan a abordar este asunto.
