
El espectáculo de medio tiempo del Bad Bunny en el Super Bowl LX no fue un concierto más: fue una narrativa visual y musical cargada de storytelling y simbolismo que, más allá de sus ritmos, contó una historia de identidad, resistencia cultural y unidad. En un momento marcado por la crisis del ICE y tensiones políticas en Estados Unidos, el artista urdió cada cameo y guiño con intención, generando reacciones adversas —incluida la de Donald Trump— y, sobre todo, visibilizando una latinidad urbana que reclama su lugar en el corazón de la cultura global.
La apuesta de Bad Bunny como cabeza del espectáculo de medio tiempo fue histórica: el primer artista latino masculino en interpretar íntegramente en español en ese escenario global.
Más allá de los ritmos —reguetón, trap, salsa y plena— la puesta en escena evocó elementos culturales: desde casitas con danzas tradicionales hasta una boda en vivo con invitados que recordaron símbolos de la comunidad latina.
Ese enfoque no fue casual. La narrativa del show se construyó desde la identidad: celebrar raíces, sabores, sonidos y presencias que, para millones de latinos, son parte integral de su día a día. En un país que sigue debatiendo sobre su propia composición demográfica y cultural, ver esos símbolos en vivo y en prime time fue una declaración de pertenencia.
Los invitados al show no fueron cuotas estéticas, sino piezas programadas para expandir el mensaje. Lady Gaga apareció vestida de azul con una flor de maga, emblema de resistencia y orgullo puertorriqueño, en un segmento que evocó la resiliencia de la isla y su gente.
A su vez, personalidades como Ricky Martin, Cardi B, Pedro Pascal y Jessica Alba no solo aportaron estrellato, sino también capas simbólicas: desde celebraciones de diversidad hasta referencias a la diáspora latina. Cada cameo funcionó como un nodo narrativo que reforzó la idea de comunidad, legado y presencia cultural.
Al final del espectáculo, Bad Bunny sostuvo un balón con la frase “Together we are America” (Juntos somos América) y un mensaje en pantalla proclamó que “The only thing more powerful than hate is love” (Lo único más poderoso que el odio es el amor).
Este gesto, que terminó con el artista spiking el balón después de mencionar países de Norte y Sudamérica, merece lectura más allá de su simplicidad: es una afirmación de unidad que atraviesa fronteras lingüísticas y políticas, un puente simbólico entre culturas a través del lenguaje universal de la música y el espectáculo.
Aunque Bad Bunny evitó pronunciamientos explícitos sobre el ICE dentro del show —a diferencia de discursos previos en los Grammys, donde sí criticó las políticas migratorias—, su desempeño ocurrió en un contexto de protestas y debates intensos sobre inmigración y derechos humanos en EE. UU.
La reacción de figuras como Donald Trump —quien calificó su actuación como “terrible” y “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”— no solo alimentó la controversia, sino que expuso cómo la cultura pop puede convertirse en un campo de batalla político.
En este choque, el show trascendió el entretenimiento: fue leído como una afirmación de presencia latina en la narrativa cultural dominante, forzando un diálogo más amplio sobre quién define lo “estadounidense” y cómo se integra la diversidad en espacios masivos.
El espectáculo de medio tiempo no fue solo una muestra de talento y producción audiovisual. Fue un ejercicio de storytelling donde cada elemento —música, invitados, símbolos, mensajes y lenguaje— funcionó como parte de una propuesta narrativa coherente: la de una cultura que se niega a ser invisible.
En un mundo polarizado, donde debates sobre identidad, imigación y pertenencia siguen al rojo vivo, este tipo de expresiones no solo entretienen, sino que narran realidades complejas y convocan a reflexionar sobre quiénes somos como comunidad y sociedad global.
El show de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl fue más que un espectáculo musical: fue una plataforma narrativa donde la cultura latina urbana se elevó como símbolo de unidad, orgullo y resiliencia.
Cada cameo, cada gesto y cada mensaje audiovisual contribuyó a una historia que desafía narrativas excluyentes y recuerda que el arte —cuando se construye con intención— tiene el poder de transformar miradas y abrir diálogos más inclusivos. Para quienes buscan levantar la voz desde sus propias plataformas, este espectáculo es un recordatorio de que el storytelling cultural puede ser tan poderoso como cualquier campaña de comunicación estratégica en el mundo empresarial o social.




