
En un nuevo capítulo del cambio urbano que transforma la Ciudad de México, un comercio tradicional con cuatro décadas de historia, Frutería Pepe, se ve obligado a cerrar su local en la colonia Polanco, entre rentas crecientes y la presión inmobiliaria. La historia de un negocio familiar que sobrevivió a décadas de cambios —puestos ambulantes, mudanzas, crisis— termina con la constatación de que ya no hay espacio para “lo de siempre”: la gentrificación fue más fuerte.
Gracias a un reporte de Animal Politico se dio a conocer que la Frutería Pepe, establecimiento familiar que durante 40 años abasteció de fruta fresca a los vecinos de Polanco, fue notificada recientemente de que debe desocupar su local ubicado en la calle Virgilio, en la alcaldía Miguel Hidalgo.
El nuevo arrendador, sin dar opción a renegociar la renta, exigió entregar el inmueble, argumentando motivos de “presentación” o plan comercial diferente —al parecer, un restaurante aspiracional—. La fecha límite: febrero de 2026. Para la familia, representa no solo el fin de un negocio: es el cierre de un legado de varias generaciones.
La historia de la Frutería Pepe comenzó décadas atrás como un puesto callejero —junto a otros vendedores de frutas, verduras y flores— que ofrecía productos frescos a la comunidad. Con el tiempo, las regulaciones municipales que limitaban la venta en vía pública obligaron a sus propietarios a adaptarse: de vendedor ambulante, el negocio pasó a operar en una camioneta, luego obtuvo un permiso del área de Vía Pública, y finalmente se estableció en un local fijo.
Tras la muerte del fundador en 2020, su hija heredó la carga de mantener viva la frutería, aprendiendo sobre la marcha a gestionar un comercio que había sido parte del paisaje de Polanco por generaciones.
La calle Virgilio, en la zona informalmente conocida como “Polanquito”, es hoy un corredor comercial donde abundan cafeterías, restaurantes sofisticados y negocios dirigidos a un público de mayor poder adquisitivo.
En ese entorno, los locales pequeños y tradicionales quedan asfixiados.
Los demás negocios en el número 9 de esa calle —otras fruterías y una tortería— también han recibido el ultimátum de desalojar. Lo que antes era una zona de comercio social y cercano ha mutado en un espacio dominado por la plusvalía inmobiliaria y la demanda de arrendamientos elevados.
Según relatos de la familia recogidos por Animal Politico, los locales que han visto para reubicarse piden rentas fuera del alcance de un negocio familiar: algunos rondan los 150 mil pesos mensuales, con un traspaso multimillonario y varios meses de renta adelantada; otros, más “alcanzables”, exigen aval patrimonial y depósitos equivalentes a varias rentas.
Ante ello, la continuidad de la frutería en la zona resulta inviable. Lo que para una gran inversión inmobiliaria representa una ganga, para un negocio de barrio es el fin.
“Literalmente es imposible”, declaró la encargada del negocio.
El caso de la Frutería Pepe no es un hecho aislado. En barrios centrales de la Ciudad de México —como Polanco, Roma, Condesa, Juárez— se ha acelerado un proceso de gentrificación que reemplaza comercios tradicionales por franquicias, restaurantes de lujo y desarrollos inmobiliarios, transformando no solo la estructura económica, sino la identidad comunitaria.
Investigaciones sobre desarrollos como Nuevo Polanco han documentado cómo la renovación urbana tiende a privilegiar la plusvalía, la exclusividad y a desplazar a quienes históricamente conformaron la vida del barrio. Estos procesos no solo afectan la vivienda, sino también el comercio local, el tejido social y la memoria colectiva.
El cierre inminente de la Frutería Pepe volvió a poner sobre la mesa la falta de herramientas de las alcaldías para proteger a los comercios de barrio frente a la gentrificación. Ante el caso, el alcalde de Miguel Hidalgo, Mauricio Tabe, reconoció que las demarcaciones no cuentan con facultades para frenar estos desplazamientos ni para defender a los vecinos de los efectos del encarecimiento urbano.
Tabe aclaró que la única atribución con la que sí cuentan es la de ordenar el comercio en vía pública, por lo que descartó otorgar a la frutería un permiso para instalarse en la calle.
“No podemos dar un permiso para vender en la vía pública; definitivamente no es una opción”, afirmó a Animal Político.
Como alternativa, señaló que su gobierno únicamente podría ofrecer un local disponible en alguno de los mercados de la alcaldía, aunque reconoció que “no es lo mismo”, ya que el valor comercial depende directamente de la ubicación.
El cierre de la Frutería Pepe tras 40 años de historia en Polanco representa mucho más que el fin de un negocio familiar: es la pérdida tangible de un pedazo del tejido comunitario de la Ciudad de México. Su desalojo evidencia cómo la gentrificación, impulsada por el mercado inmobiliario y la revalorización urbana, termina por borrar la memoria urbana, expulsar a quienes sostienen la dinámica barrial y despojar a las colonias de su identidad histórica.
Mientras los locales se transforman en restaurantes de lujo y los precios de renta se disparan, los comercios que verdaderamente formaban el alma de los barrios desaparecen.
