
La demanda mundial de matcha ha alcanzado niveles insostenibles, y los suministros japoneses están casi agotados este verano. La escasez impacta a cafeterías, tiendas y amantes del té en todo el planeta.
El fenómeno, impulsado por influencers y turismo récord, ha reducido la producción de matcha de alta calidad y disparado precios, mientras Japón enfrenta un desafío cultural y agrícola sin precedentes.
La popularidad del matcha explotó a través de TikTok e Instagram, donde recetas como lattes y smoothies volvieron el té verde en polvo en una tendencia global entre millennials y la Generación Z.
Esta sobreexposición ha generado una demanda que supera con creces la oferta tradicional japonesa.
Esto limitó de forma drástica la cantidad disponible de matcha de calidad ceremonial.
Firmas centenarias como Ippodo y Marukyu Koyamaen impusieron límites a la venta o suspendieron temporalmente ciertos grados superiores de matcha para preservar stock. Tiendas japonesas establecieron reglas como “una lata por persona” para gestionar la demanda interna.
En las subastas de mercado en abril de 2025, el precio del matcha alcanzó los 8,235 yenes por kilogramo, un aumento del 170 % respecto al año anterior. Esto ha generado consecuencias directas en el precio al consumidor final fuera de Japón.
En ciudades como Houston, muchas cafeterías han visto agotarse su stock en cuestión de días. Negocios que antes tenían reservas mensuales ahora luchan por conseguir pedidos semanales y reinventan menús enteros para adaptarse a la falta del ingrediente esencial.
Ante la escasez, crecen en el mercado matchas producidas en China, Vietnam o incluso productos adulterados con menos calidad o métodos industriales. Expertos advierten sobre la pérdida de autenticidad y recomiendan verificar origen y certificaciones del producto que se compra.
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Más del 50 % de los agricultores de té en Japón tienen más de 65 años, y las nuevas generaciones abandonan el campo.
Esto, sumado a la baja inversión y la complejidad de producir matcha de alta calidad, plantea un riesgo real para la continuidad del cultivo tradicional.
Aunque la cosecha de otoño podría aliviar parcialmente la situación, se espera que los precios continúen elevados hasta mínimo la primavera de 2026. La industria japonesa estudia incentivos y modernización para preservar su capacidad productiva sin sacrificar calidad.
La crisis del matcha no es solo una moda agotada, sino una señal de alerta sobre los límites del consumo globalizado y el impacto del cambio climático en cultivos tradicionales.
Los consumidores enfrentan precios altos y disponibilidad limitada, mientras las autoridades y productores deben balancear producción sostenible, calidad cultural e innovación para proteger este tesoro verde japonés.
