
Las pymes son el motor silencioso de la economía: sostienen empleo, oferta y tejido económico a nivel local y regional. Pero hay una parte de la historia que se cuenta poco: qué ocurre cuando emprender deja de vivirse como un proyecto con sentido y empieza a sentirse como una carga.
En un estudio reciente con 231 emprendedores y emprendedoras de pymes del sector turismo ubicadas en los municipios más turísticos de Gran Canaria, se analizó un fenómeno muy concreto: la intención de abandonar el negocio. No hablamos de “quejarse” o de pasar una mala racha, sino de la idea –cada vez más presente en algunos perfiles– de que quizá la opción más viable sea cerrar y dejarlo.
Cuando se habla de desgaste laboral, suele reducirse a estrés o “muchas horas de curro”. Sin embargo, el burnout se entiende mejor si distinguimos dos componentes que se parecen pero no son lo mismo:
En la práctica, el desapego emocional puede funcionar como un modo supervivencia. A corto plazo alivia (si me implico menos, duele menos), pero a medio plazo erosiona el vínculo con aquello que antes daba sentido: el servicio, el oficio, la experiencia del cliente y el orgullo por sacar adelante el negocio.
Los datos muestran un patrón nítido:
Lo interesante es que, cuando observamos el efecto directo del agotamiento sobre la intención de abandonar, no parece decisivo por sí solo. Es decir: estar agotado no implica automáticamente querer dejarlo. Lo que marca la diferencia es si ese agotamiento termina convirtiéndose en desapego emocional.
Dicho de forma simple: muchos emprendedores pueden estar exhaustos y aun así continuar, pero cuando la respuesta al cansancio es la desconexión (“ya me da igual”, “lo hago por inercia”), entonces la idea de abandonar gana terreno.
Aquí entra una variable psicológica muy potente y a la vez muy cotidiana: la actitud hacia el emprendimiento propio. No se trata de optimismo ingenuo sino de cómo se valora el propio rol: si la persona se identifica con lo que hace, si cree que merece la pena, si siente que el proyecto encaja con sus metas y valores.
En el estudio, esa actitud cumple dos funciones relevantes:
Este punto es clave porque sugiere que la prevención del abandono no pasa solo por “descansar más” (aunque también), sino por evitar que el desgaste rompa el sentido y la conexión con el propio proyecto.
Este tipo de resultados no deberían usarse para culpabilizar al emprendedor (“si abandonas es porque no tienes buena actitud”). Al contrario: ayudan a identificar en qué tramo del proceso se deteriora la relación con el trabajo y qué apoyos pueden ser más eficaces.
Algunas acciones prudentes serían:
También es importante recordar que el desapego emocional no surge en el vacío. En muchas pymes la carga de responsabilidad, la exposición constante al cliente y los márgenes ajustados pueden crear un caldo de cultivo donde el agotamiento se cronifica. En ese contexto, la pregunta no es solo “cómo aguantar”, sino “cómo sostener el proyecto” sin perder la conexión con lo que lo hace valioso.
El estudio se realizó en pymes turísticas de Gran Canaria y utiliza medidas consolidadas para evaluar agotamiento, desapego emocional, actitud hacia el emprendimiento e intención de abandono. Y como toda investigación, invita a replicar en otros destinos y sectores. Pero el mensaje es muy aplicable: si queremos entender por qué algunos negocios acaban abandonándose, miremos el tramo intermedio del proceso.
Porque el problema no siempre empieza cuando falta energía. A veces empieza cuando, para poder seguir, dejamos de sentirnos dentro del propio proyecto.
Mónica Pellejero, Profesor investigador en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; Agustín J. Sánchez Medina, Catedrático en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; Daniel L. Cerviño-Cortínez, Associate professor, Universidad del Atlántico Medio, and Eleazar Caballero Sánchez, Profesor asociado, Universidad del Atlántico Medio
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
