
En una misión que busca llevar nuevamente a humanos alrededor de la Luna, la NASA no solo ha puesto a prueba su tecnología aeroespacial, sino también su ingeniería culinaria. Entre brisket, macarrones con queso y bebidas saborizadas, un detalle ha captado la atención global: 58 tortillas viajando al espacio. Lejos de ser un capricho, su presencia responde a décadas de ciencia, seguridad y adaptación a la microgravedad.
La misión Artemis II de la NASA marcará un hito al enviar astronautas en un viaje de aproximadamente 10 días alrededor de la Luna, el primero tripulado desde 1972.
Más allá del desafío tecnológico, esta misión también pone en evidencia un aspecto menos visible pero crucial: la alimentación en condiciones extremas, donde cada gramo, textura y componente deben estar cuidadosamente diseñados.
Las tortillas no están en el menú por casualidad. En microgravedad, las migajas representan un riesgo: pueden flotar y dañar equipos o ser inhaladas por la tripulación.
A diferencia del pan, las tortillas no generan residuos, lo que las convierte en una opción segura y funcional para el entorno espacial.
El uso de tortillas en el espacio se remonta a 1985, cuando el astronauta mexicano Rodolfo Neri Vela las llevó en una misión de la NASA.
Desde entonces, este alimento se consolidó como un estándar en las misiones espaciales, demostrando que la innovación también puede surgir de la tradición culinaria.
La cifra de 58 tortillas no es arbitraria. Forma parte de una planificación precisa basada en porciones, duración del viaje y hábitos alimenticios de la tripulación.
Cada astronauta cuenta con raciones definidas para desayuno, comida y cena, en un sistema diseñado al milímetro.
El menú de Artemis II incluye cerca de 189 alimentos diseñados para resistir sin refrigeración, utilizando técnicas como la termoestabilización, la irradiación y la deshidratación.
Los alimentos se rehidratan con agua potable y se calientan en dispositivos especiales, optimizando espacio y recursos dentro de la nave Orión.
La alimentación en el espacio no solo busca saciar el hambre, sino mantener el rendimiento físico y cognitivo de los astronautas.
Además, la microgravedad altera el sentido del gusto, por lo que se incluyen sabores intensos como salsas picantes para estimular el apetito.
El menú incluye desde brisket de res hasta postres, bebidas y snacks. Más allá de la nutrición, estos alimentos también cumplen una función psicológica: mantener la moral de la tripulación durante la misión.
La comida, incluso en el espacio, sigue siendo un vínculo con la Tierra y una herramienta para el bienestar emocional.


