
Hay algo que Tomás Carrasco repite varias veces durante la conversación: las marcas ya no pueden vivir solo en la pantalla. No es una intuición creativa, es una realidad de negocio. Mientras me explica cómo una serie animada puede convertirse en una casa que recorres, tocas y habitas —como sucede con Bluey en Ciudad de México— queda claro que no estamos hablando de entretenimiento: estamos hablando de estrategia.
Después de años de pandemia, hiperconectividad y saturación digital, el consumidor parece haber hecho algo simple pero contundente: salir. Y en ese movimiento, empresas como BeFun están construyendo una nueva capa de valor para las marcas.
El marketing experiencial dejó de ser una apuesta marginal. Hoy es una industria global valuada en más de 55 mil millones de dólares y con proyección de crecimiento sostenido hacia la próxima década.
Más aún: el gasto global superó los 128 mil millones de dólares en 2024, impulsado por una realidad contundente: 85% de los consumidores tiene mayor intención de compra después de vivir una experiencia con una marca.
Tomás lo resume de forma más simple:
“Es conectar a las personas con marcas globales bajo un entorno interactivo”.
No es casualidad. Después del encierro, el consumidor busca lo que no puede replicar en una pantalla: emociones compartidas.
Para Carrasco, el punto de inflexión fue post pandemia. “Hubo una revalorización de las experiencias… la gente empezó a valorar compartir y vivir sensaciones”, explica.
Este cambio no es menor. Estudios recientes indican que 81% de los consumidores está más dispuesto a probar productos después de eventos experienciales.
En perspectiva: el marketing dejó de ser un mensaje unidireccional para convertirse en una vivencia multisensorial. Y eso cambia todo: desde cómo se construye una marca hasta cómo se monetiza.
BeFun no solo crea experiencias, crea infraestructura para replicarlas. Su modelo es claro: touring.
“Son inversiones grandes… entonces el negocio se sustenta en llevar el evento a varias ciudades durante años”, explica Carrasco.
Es decir, lo que antes era un evento puntual ahora es una plataforma escalable.
Este enfoque responde a una lógica de eficiencia: amortizar costos de producción (escenografía, licencias, tecnología) en múltiples mercados. Algo que recuerda más a un parque temático itinerante que a una activación tradicional.
El caso de Bluey es ilustrativo. Una serie infantil que se transforma en una casa real que puedes recorrer.
“Trajimos a la vida real lo que ves en pantalla”, dice Carrasco.
Pero el valor no está solo en la nostalgia o el fan service. Está en la experiencia compartida.
“El papá no quiere solo llevar al niño, quiere vivir la experiencia con él”, señala.
Ese insight es clave: el target no es uno, son dos. Y eso redefine el diseño completo de la experiencia.
No es solo entretenimiento. Es revenue.
Las marcas están entrando porque estas experiencias abren nuevas fuentes de ingresos. “Les estás trayendo una línea que no estaba en su plan”, explica Carrasco.
Además, el ROI es contundente: campañas experienciales pueden generar retornos de 3 a 5 veces la inversión y hasta 40% más leads que estrategias tradicionales.
En otras palabras, la emoción también se monetiza.
Si crear la experiencia es complejo, mantenerla lo es aún más.
“El desafío es sostener la calidad operativa del día 1 al día 90”, dice Carrasco.
Eso implica protocolos, entrenamiento y obsesión por el detalle.
Aquí es donde el referente es inevitable: parques como los de The Walt Disney Company han demostrado que la consistencia es parte del producto.
En el marketing experiencial, la ejecución es la estrategia.
El potencial de la región es claro, pero también sus límites.
“El ticket promedio en Latinoamérica está entre 15 y 16 dólares, mientras que en Europa es de 35 a 40”, explica Carrasco.
Esto genera una tensión estructural: costos similares, ingresos menores.
Aun así, México destaca como uno de los mercados más fuertes, lo que explica por qué BeFun lo coloca como prioridad en su expansión.
BeFun no es solo entretenimiento, es EnterTech.
Desde inteligencia artificial para predecir flujos hasta experiencias con mapping, hologramas y simulaciones, la tecnología está integrada en todo el recorrido.
Esta convergencia responde a una tendencia global: la fusión entre lo físico y lo digital será el estándar del marketing en los próximos años.
El resultado es experiencias más personalizadas, más eficientes… y más escalables.
BeFun ya probó su modelo en Europa con experiencias como Hot Wheels en ciudades como Manchester y Barcelona.
“Queremos ser una empresa con base latinoamericana, pero con escala global”, afirma Carrasco.
El objetivo es claro: exportar creatividad y operación desde la región hacia mercados más grandes.
BeFun no está reinventando el entretenimiento. Está profesionalizando algo que siempre existió: la necesidad de vivir, no solo ver.
En un mundo saturado de contenido, la experiencia se convierte en el nuevo diferencial competitivo. Y empresas como BeFun están entendiendo algo que muchas marcas apenas comienzan a procesar: la emoción no es un “extra”, es el producto.
Si el plan de Tomás Carrasco se cumple, el siguiente paso será evidente: no solo traer experiencias globales a Latinoamérica, sino exportarlas desde aquí al mundo.






