"Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace" - Jean Paul Sartre

Para el que nunca ha ido al Mundo de Oz

Para el que nunca ha ido al Mundo de Oz

— ¡Toto, me parece que ya no estamos en Kansas!

Dorothy no podía salir de su asombro. Toto, tampoco, pero no pudo decir nada, porque en este cuento, desafortunadamente, los perros no hablan. Lo último que recordaban ambos era que un tremendo tornado se había llevado la vieja casa de la granja con ellos adentro. Habían sido los únicos pasajeros en un viaje que no sabían cuanto había durado ni a donde los había llevado.

Pero, definitivamente esto no era Kansas. El árido panorama de la granja del tío Henry y la tía Anne había sido reemplazado por un paisaje de sueño. Bellos jardines de infinitos colores, quebradas limpias y cristalinas y frondosos árboles de las más exóticas frutas enmarcaban un pueblo de pequeñas casas multicolores.

—Debemos estar al otro lado del Arcoiris- concluyó la niña de doce años. Toto estuvo de acuerdo.

Por fortuna, una hermosa dama con una varita mágica, se apareció y le explicó a la niña todo lo que había que explicar. Sin embargo, la explicación complicó más las cosas.

Según "la Bruja Buena del Norte", que así dijo llamarse la señora, Dorothy, o mejor, la casa de Dorothy había caído en el Condado de los Munchkins, en el Reino de Oz, y justo encima de "la Bruja Mala del Este" matándola. Esto era muy bueno porque habían liberado a los Munchkins de la tiranía de la Bruja Mala del Este, pero era malo, porque no había forma de que la niña, su perro y su casa, regresaran a su lugar original. También era malo, porque la Bruja Mala del Este tenía una hermana, la Bruja Mala del Oeste, quien no tardó en aparecer para vengar su muerte y pretender apoderarse de las zapatillas de Rubí que le darían los poderes infinitos que tenía su difunta hermana. Estas zapatillas aparentemente la protegían de todo, excepto de casas que le cayeran encima, como se pudo comprobar.

Sin embargo, la Bruja Mala del Oeste no contaba con la agilidad mental de la Bruja Buena del Norte, quien rápidamente trasladó las zapatillas de la aplastada bruja a los pies de Dorothy.

Definitivamente, este primer asalto había resultado un fracaso para las fuerzas del mal, así que la Bruja Mala del Oeste no pudo hacer otra cosa que desvanecerse disimulando su vergüenza en una cortina de humo, no sin antes anunciar que su venganza sería terrible.

—¡Mejor te vas de regreso a tu casa!— Recomendó la Bruja Buena del Norte.

—Pero, ¿cómo regresar a casa?

—Sólo el Mago de Oz lo sabe.

De acuerdo con la Bruja Buena del Norte, el Mago de Oz vivía en la Ciudad Esmeralda, así que Dorothy sólo tenía que llegar allí y conservar muy bien puestas sus zapatillas de Rubí para neutralizar el poder de la Bruja Mala del Oeste. Pero, ¿cómo llegar a la Ciudad Esmeralda?

—Sigue el camino de los ladrillos amarillos— dijo la Bruja Buena antes de desaparecer.

—¡Cómo aparece y desaparece la gente aquí!— exclamó Dorothy Los Munchkins llevaron alegremente a Dorothy hasta los límites de su pequeña ciudad y se despidieron inmensamente agradecidos con ella. Se había convertido en su heroína y el día de hoy sería considerado como el día de la independencia de los Munchkins. Hasta le prometieron un busto y un lugar en el Hall de la Fama.

Pero a Dorothy nada de esto le emocionaba. Su única preocupación era seguir el camino de los ladrillos amarillos para llegar a la ciudad esmeralda y encontrar allí al Mago de Oz.que la regresaría a Kansas. Todo parecía ser muy sencillo, pero el camino de los ladrillos amarillos se dividió en dos al llegar a un campo de maíz.

—Y ahora, ¿cuál es el camino correcto?—se preguntó Dorothy

—¡Aquel me parece un buen camino!—dijo un espantapájaros que cuidaba el maizal, mientras señalaba el camino de la derecha.

—¿Quién habló?

—Aunque este otro también me parece bien—volvió a hablar el espantapájaros, señalando ahora el camino de la izquierda.

—¿Hablaste tú?—preguntó Dorothy y el espantapájaros movió la cabeza afirmativamente.

—Dime, ¿cuál es el camino? ¿No puedes decidirte?

—No. No tengo cerebro

—Y entonces, ¿cómo puedes hablar?

—No sé. Pero mucha gente sin cerebro habla mucho ¿cierto?

—Tienes razón.

Pronto la conversación se centró en las ventajas de tener un cerebro. Los argumentos del espantapájaros eran más que convincentes. Si tuviera un cerebro podría saber qué horas son, confirmarlo con las flores, conversar con la lluvia y consultar con el viento. Resolvería los acertijos de los viajeros y pensaría en muchas cosas que nunca antes había pensado. Y. al terminar, pensaría en mil cosas más.

—Si tan solo tuviera un cerebro...

Dorothy le explicó que ella iba en busca de un mago y quizás el podría darle un cerebro.

—¿Tú crees?

—No sé, —contestó la niña—. Pero si no te lo da, no estarías peor de lo que estás ahora.

—Ahora eres tú la que tienes razón.

Escogieron un camino y pronto penetraron en un bosque de manzanos. Allí encontraron a un hombre de hojalata. Oxidado y rígido como una estatua, era muy extraño que no tuviera vida, considerando que en este país todo hablaba o se movía. Una voz apagada y angustiosa surgió de sus labios.

—mmnzzeite...

—¿Qué dijo?

—¿Aceite?

Por fortuna, a pocos centímetros del hombre de hojalata había una aceitera, así que fue fácil eliminar el óxido y permitirle al pobre hombre metálico moverse y hablar.

—Aceítame la boca, los brazos. ¡Ah, qué alegría!

Dorothy y su amigo de paja pronto dejaron al hombre como nuevo pero, sin embargo, éste no parecía del todo contento de verse liberado del herrumbre. ¿Qué carencia entristecía al hombre de hojalata?

—Golpea mi pecho—dijo a Dorothy y ésta obedeció.

—¿Qué sientes?

—Nada

—Exactamente. Está vacío. El hojalatero no me puso corazón.

No había nada completo en esta tierra de Oz. El hombre de hojalata añoraba tener un corazón pues sería la única forma de ser más humano, de ser más gentil, de ser más amable y sentimental. Se emocionaría con los cantos de los pájaros, y escribiría canciones y poemas de amor y lloraría de emoción hasta oxidarse otra vez.

No les costó mucho caer en cuenta que la solución podría estar al final del camino de ladrillos amarillos. ¡Por supuesto! El Mago de Oz también podría darle un corazón a este pobre y sentimental hombre de hojalata.

—Es algo que desearía con todo mi corazón... si tuviera uno.

Así que ahora serían tres los del grupo que buscaría al maravilloso Mago de Oz. Nada los detendría en su empeño, a menos que la Bruja Mala del Oeste se atravesara en su camino. Y esto fue justamente lo que sucedió. Con grandes bolas de fuego atacó al indefenso espantapájaros, pero su puntería no era tan buena, tal vez debido a la enorme verruga de la nariz, o quizás solo se trataba de una advertencia, como ella no dudo en anunciarlo.

—¡La próxima vez no correrán con tanta suerte! —exclamó con una carcajada espeluznante, como queriendo ocultar su incompetencia. Ya no estaban tan seguros y tranquilos, pero continuaron su camino, para quedar paralizados con un rugido espantoso.

—¡¡Grrrrrrrr!!

No supieron de donde salió, pero ahí estaba frente a ellos. Era un león inmenso y aterrador. Toto, que hasta ahora había participado poco en todo el cuento no dudó en ladrar y lanzarse contra el león sin importarle que fuera cinco veces más grande que él. Y, para asombro de todos, el feroz felino, en vez de tragarse de un solo bocado al perro, brincó asustado y se puso a llorar como un niño.

—Yo no quería hacerles daño, Buuuuu.— exclamó secándose las lágrimas con su cola.

Resultó, entonces que el supuesto rey de la selva era más cobarde y asustadizo que un cordero. Les contó como su propia sombra lo asustaba y en las noches no podía dormir atemorizado.

—¿Por qué no cuentas ovejas— le sugirió Dorothy

—No. Hasta de ellas tengo miedo. Mi vida es insoportable.

Inmediatamente lo invitaron a unirse al grupo. El magnifico y maravilloso Mago de Oz les daría a todos lo que querían.

—Yo seré fiero como un dragón

—Yo seré gentil como la brisa

—Yo seré listo como un genio

—Y si el mago sí es un mago...—exclamó Dorothy.

—¡Tendré un cerebro!

—¡Un corazón!

—¡Un gran coraje!

—¡Y yo un hogar!

—¡Arf, arf!—complementó Toto. Pero ninguno supo nunca lo que el perro quería del mago.

 

Texto: H. Ramírez
Basado en "El Mago de Oz"